20.1.12

LETRA CHICA E INTERVENCIÓN POÉTICA (51)


TRANSLUCENCIA


(A partir de Astro labio, de Alfonso D’Aquino,

Libros Magenta, México, 2011)


el punto de la i sobre la o

EA Westphalen



I

devolver el vidrio a su naturaleza original


La imagen no es un objeto. Es quizás una forma que mira.

Aldo Pellegrini


Sí, decir sí, al salirse de sí, salir en sí. Desmadre los primordios. Al deslenguado zahorí (Adarce de la luz entre las hojas) bien podría ya no estar regulándolo una ambición de abdicar de las identidades asignadas. Ni, por decreto abolirlas. Tales identidades (idénticas entidades, cantidades en continua variable-dentición), las del añadido comportamental, nomás ahí están, para quienes en ellas creer quisieran.

¿Contravenirlas en el poema —quién reclamaría— incrustándole por ende el (ba)tallado gen de un estatuto, como si fuese factible, a fin de cuentas, desde un voluntarismo artístico (“poético”), incansablemente refinar alguna programación de la atenta experiencia? ¿Programar la experiencia o desprogramar en vez la atención?

¿Cómo pretender que dichas identidades-especies del ser algo, a fin cuentas, definan, finitivas? ¿Un punir de lo asignado será merecimiento, a trasluz, por tanto encierro en el cascarón semántico? ¿Dónde en verdad nos hacemos impedidos, por razones aún a develar, ante la conexión atravesante que religaría el ser-estar con lo incondicionado?

¿Acaso no será responder toda pregunta con su pretensión (como éstas): consigna de preexistencia? ¿Y qué sucede cuando el poema ya no es pregunta con su sombrilla o su sombra sino una vibración, un devaneo extralúcido, un corte en la transparencia instantánea de los estratos?

Relámpago en la secuencia de koans y koan en su función más simple y compleja: desatar nudos (todo nódulo impaciente, coágulo, bloqueador de conectivas). Inscribe Alfonso D’Aquino un sortilegio para la recuperación de los sentidos: esta otredad respiratoria y cardíaca. Que nos incluye entre los temblores al dejarnos leer por el poema. Cielos superpuestos vistos sin distancia ni aplicada morfología, a no ser, en diverso grado, translucentes.

Poemascarilla que se arranca. Arraigo en la ampliada circulación de andariveles simultáneos. Estratos que hacen a la transparencia del primordio (el cual se perfila en el retorno-moebio del versus, cuya espiralada oración —plegaria y cántico, observancia y permeabilidad, conjuro y mantra, horadación y perfume— equivale a la escucha).

Lo que se sale (o más bien: lo que re-entra, reencontrándose inusitado) no responde, neurona-espejo, a dispositivos reflejantes donde alguna recortada identidad —autorreconocida, constantemente autocorregida según los perfiles aceptables del Recorte— intentase desembarazarse de sí.

Aun si aquello implicase hurtarse a la influencia de lo prefijo, por las rendijas del yo-lírico, esa ficción que fricciona, fosfóricamente hablando, la reclusa “idea” de representatividad realista. Ese yo-todo-otro incansable diminuto se resiente durante la lectura y deja pasar el corrimiento microtonal por el que pasan, desnudadas con denuedo, manojo del ojo con la mano, las palabras-almas.

Como un corrosivo que fuese a su vez una resistencia. O una gravedad del alma devenida almagesto: no exenta de liviandades posiblemente polimorfas, el poema construye a su quién diluidor de —para de nuevo parafrasear a Vallejo— Lo Mismo Que Padece Nos. La operación es voluntaria y volitiva en la paradoja de hacer girar al que se sujetaba y en consecuencia predicó.

Ahora no. En el poema visionario los signos se recuperan en atributos sustanciales porque mutantes. Su dificultad primeriza de aprehensión recuerda de continuo en su oscilar la múltiple naturaleza experiencial que los anima. A medida de un desplazamiento energético modulando: sus formas de aparecer, resonar, dejarse ver sobre la página-membrana. Página-párpado que nos acecha leerla: leemos avatares de su polidevenir.

Para que ante el escrutinio lector se esté dando un salto de cualidad semejante es precisa una especiada densidad de página, la cual sin vuelta aunque siempre otra vez reversible, delicadamente se construye, como un nido escrito con líneas, en tanto hogar para una estancia, aun intermitente prolongada, en lo inusitado aquí, ahora.

Si no hay, por fin, preexistente, “poeta” ya poco y nada designa, a menos que emerjas “lector”, que para ser en poesía se requiere translector, o sea aquel que, reconociendo su estructural porosidad, se deja atravesar por las potencias afectivas aportadas por el tejido verbal en cuanto se te hace escucha. Cuestión de sed.

Quizá un adensamiento tal del silencio, suficiente red o resorte para el salto sin dominio, de la mente: sapo de su otro pozo, en espera entregada a la incubación del fermento. Unas agallas y unas aletas, no físicas sino auráticas, para contrarrestar la sarta de escarmientos y reconvenciones, los bordes del panóptico que constituirían los magros y más que discutibles tesoros de la identidad.

Pronto el poema animal vegetal mineral. Izado a su misterioso (todo-y-nada) origen, tras el desencadenamiento morfológico, transparencial, de los diagramas semovientes. Diagramas hipersensibles, no apenas perceptibles sino actuantes, que se transforman ante los no menos mutantes sentidos reactivados ya por una sed analógica que es asimismo un retén de tamiz.

El cuerpo investiga escribiendo. Es jugar y no lo es. Efímeras pero somatizadas palabras se filtran aquende las murallas de contención doctrinaria (cuando no muros de lamento), guardianes fronterizos de la Mentalidad, para otra índole —celebrante— y aun para otra consistencia del sensible.

Incluso otra calidad receptiva ante la imperante condición de impermanencia. En efecto: se pega un salto. Por un salto es que se despega. Percibes quizá que el claroscuro hace oscilar la transparencia (ésta qué grado de aquél) (aquél a cuál instancia de ésta).

Rotundo el misterio en la evidencia material y por tanto una lengua escrita que escruta naturaleza original, abriendo concéntricamente las diagonales y las implícitas y las poliédricas resoluciones de una especie de patrón fractal saltando de imagen en imagen, desplazándose con los ojos sobre la página, devenida cuestión de piel, alerta, incluso escalofrío.

La página atendida: molino de oraciones. La página, incluso, como analogía corpórea de la interdimensión en que ocurre la lectura poética, en cuanto y en tanto que te escucha escucharla.

Desnudez. Eso es. Aunque ¡cuánto no-trabajar habrá para eso, para tal no-expectativa y ese no-espectador! Pero esa ilesa no se atrapa en los planes y sus fines. No se ve trabada por los gestos, acto y actor indisociables. Además no se la puede vestir con el revestimiento asertivo de un rol, una misión, un cometido, una función, un status precondicional.

Así fuese el plan de fuga respecto de las irreversibilidades significantes o aun desasignar (otro rol): complejo punto que atañe a los rupturismos de varia índolestirpe. Así fuese intentar comprender la compleja chispa del oro del percibir, el gen del origen, sólo en desnudez algo, indeterminado, inconcluso siempre, se abre. La cáscara del poema contiene al cóncavo.

Siempre en pos de presencias indetectables, la voz, de tanto contacto en toda dirección y sentido, emerge intacta a la superficie plegadiza del textil: el poema labrado, desde y con la incógnita de la presencia

—coincógnita, en esta encrucijada del sentido que se conjuga, necesariamente, como alteridad que nos saca al encuentro, que nos trae, de vuelta, a nosotros, otros de los que creíamos y afirmábamos ser, al arrancarnos sensualmente del sonambulismo generado en propagada falta de corporeidad, mediante el continuo secuestro del cuerpo a la letra (y viceversa), renovándola en su arcaico (y ya no histórico) claroscuro, fuera de hora y de lugar, en tanto voz porque irradia en la palabra que no cierra, que permanece como abertura.

En cierta instancia ese Quién de la indagación por una suerte de verdad no concurrente sino centrífuga, a través de la voz, rota de lugar, muda de función, desorganizando, por meditada inusitada, la sarta predestinal de obviedades que forjaron el supuesto encierro del sujeto.

Por el aliento es que se sabe que se está desnudo.

Así la voz dispone al cóncavo en eclosión, tal como puntúa “Líneas imaginarias”, una canción al fresco de Astro labio, libro presentado en contratapa por Gabriel Bernal Granados como “la culminación de treinta años de trabajo, en los que Alfonso D’Aquino ha conseguido redondear una idea de poesía que se venía gestando desde la publicación de su primer libro, Prosfisia, en 1981. (…) —formas que van de lo mínimo a lo máximo— (…)”

[y nótese el tallado en hueco de flexible sencillez con que se produce la desasignación en tanto des-resignación, transferencia energética de lo regulado a lo irregular]:


La vena cava

la roca interna

Y si el reflejo estrellas

luces espiras


Sin dejar de decir será dejando que las palabras se digan, incluso a sí mismas, lo que, al leer, sigue diciéndose, desdiciéndose. Reeditándose ante los ojos permeados por la humedad parpadeante de la lectura, como si las palabras recordasen desde cuál trasfondo la sensualísima luminiscencia donde cosas contables no quedan, sino infinitos seres, modulaciones del ser-estar.

Sacarse, lo lector, para entrar menos trajeado de connotaciones, menos preexistente, en ese encuentro con un sentido inaferrable pero de diversa precisión (sentido-encrucijada, sentido-prisma) para el que pronósticos no habría ni le cabría ser captado por las típicas antenas entrópicas, desesperadas de “este tiempo”.

Implicará, al leer en poesía, la delicadeza transbordante del contacto. D’Aquino se desliza en esa canoa de palabras por la piel de lo que va fluyendo a través de su ritmo trabajado por las oscilaciones de la voz escrita.

La voz lírica, si escrita, se realiza al tocar. Nos palpa por dentro, es una lengua inaugural en su anacronía, sintonizada con aquello que en ella se nombra y empuja el aliento a unas corporizaciones cuyas entidades exactitudes no cuajan, viajan.

Ese tactarnos la escucha voz mediante lleva los emblemas condensadores de la imagen hacia los plurales enhebrados del canto materializador. Celebración que eclosiona a la plegaria y la despliega sin tregua atravesando en recíprocas direcciones el espejo.

Canto aquel que, desnuda presencia precisa, mueve, con las sonoras y visivas, las partículas del sentido. El cual no preexiste, acontece. ¿Y lo dice D’Aquino una vez absorto en la canalización activa, en la conectiva constante implicada en una práctica de percatación? ¿Lo dice él cuando su poema se ha corrido de toda confirmación, más bien abriéndose a la flor de encrucijada?

El poema, el insensato rumor de la poesía, según nos lee D’Aquino, surge, con precisión dinámica, porque el sentido —redigámoslo— no preexiste. No podría. Excepto, quizá, la dispersa incongruencia de tanta ideación contrapuesta sobre-acerca de aquéllo.

Será, y sin consuno con alguna Unidad Básica de Origen, una materialización. Recreable además mediante el rito (de lo) irregular, como un brillo dorado que se expande viene y va solo por el aire. Leer el poema, en esta perspectiva, es en tanto paciencia inagotable, paciencia que en diálogo múltiple-multiplicador se construye y autoinstruye.

Pero, por lo mismo: lo irrepetible de la ligera variación que acompaña al desplazamiento de la fuerza conectiva, liberando una estela de armónicos microtonales en el plano del sentido. Ahí giran los seres facetados.

Caósmosis, cosmoasis. También un espejismo que se atraviesa y circula. Una circulación de astros imantados.

El poema universo analógico, la visión desperdigada en las espigas de sentido que adhieren fugaces a una transparencia inhumana, sacando la lengua recuperada, poniéndole cuerpo a las prestadas palabras ahora achispadas por la puesta prismática de las permutaciones al interior de los estratos.

La intensidad se gradúa sin fin en correspondencia con los cambiantes grados de atención y velocidades de manifestación, a instancias de ese recupero vía la lectura en que nos dejamos leer, entregados al giroscopio de las imágenes del poema entrecruzando formas de existencia.

Percatación, entonces, del navegar del “buscador de estrellas” que subyace al astrolabio, para un tipo de orientación que no se reduce al sentimiento de ubicuidad. Un equilibrio que encarna en el ritmo, explícito y cantante, capaz de absorberse al mismo tiempo en la variedad de los accidentes incomparables e íntimos de tan ínfimos: asuntos de texturas, urdimbres, colocaciones, trazados, reciprocidades.

Los valores afectivos en juego son los del viajero que se hace a la mar de su deriva amorosa en pos de ningún futuro, siquiera un presente, alguna presa verdad. A cada gesto que dando el verso, alinea la guirnalda de detalles de la oración-composición con el percipiente desnudo, aun de sus intenciones de sí, en un presente más acá del lenguaje, sin predicativa premeditación.

He ahí un misterio propio de la poesía, ella misma exaltadora del misterio del ser-estar: el hacer concebible una presencia verbal que devuelve naturaleza original: devuelve voz porque expande la escucha, al punto de no cundir la identidad o sus contrarios.

Estrella cardial. Estotro universo.

Quizá podamos hablar del gesto aborigen que antecede a las apropiaciones de la palabra. Un “antes” que no es un “pre”, porque no se sitúa en el espaciotiempo sino que consiste de una percatación que es una danza.

Meditar que será tanto en su acepción reflexiva, de concentración masticatoria de los significados para inaugurar áreas de la conciencia-experiencia, cuanto en su acepción de entrega incondicionada del ser-estar a su devenir mediante una práctica sostenida, una vía. En este caso, la escritura poética como empiria analógica de una transmutación.

Al revés de ciertas prédicas corrientes, en D’Aquino la poesía no desconfía de las palabras. Es tanta su confianza en ese vínculo amical, amoroso, cultivo vía el versus, que puede asimismo leerse como poesía devocional-celebratoria (del misterio), de un paganismo natural, probablemente irritante a los ojos de aquellas prédicas, que propagan, in situ, el tic adoctrinado de que no hay equivalencia posible entre el mundo y las palabras. Como si supiesen de antemano de qué mundo están hablando, modulándolo apenas, con distraído recurso a la fijación.

(Ahí les cabe a ciertos sucedáneos de la (inatrapable) contemporaneidad el concepto cruel, y astuto, que se afirma “cuestionador de los discursos autoritarios” y representante de los “espacios de resistencia”. Donde nunca queda claro qué hay pendiente con el poder, con las nociones de poder: el salto vital del poema reverbera en la región central de la nuca. Fin de cualquier resistencia, cualquier ilusión de poderío. Entrega.)

Lo poético tiende un lance, no en ese preguntar, rimbombancia que se le adjudica y que se reconoce a mentalidad rasante: sí en abandono de prerrogativas y demás arrogancias. Escribir y leer abonando la disciplina de acrecentamiento del silencio. Por ahí circulan unas cosas y los nombres otras más.

El ojeo adoctrinado propenso a demagogias, fabricante de realismos que confirmen un Real, un preexistente, se desvive, demasiado pendiente de su reflejo captando, obsedido por su pensar como quien se desloma por una propiedad. Ese ojear precisa de verdugos que lo icen. E incansablemente busca “formas de legitimar” una actividad, de aglutinarle una razón de ser que la organice, acaso.

Aquella civilizada noción del poeta de salón, así fuese el de cosméticas propiedades. El poema no compensa insatisfacciones del sujeto ni pondera o denigra sus añadidos, asignados atributos. De ahí, tal vez, la necesidad de repensar al poeta, si no de despensarlo, dejándolo en la precisa complejidad de su rastreo. Elástica de tan precisa.

Trabajar con la palabra para inducirla a otra corriente sanguíneo-estelar, como en la órbita del astrolabio saltado del astro labial, reverle al “poeta” (al “lector”) una dimensión aléfica, o un percibir en varias dimensiones.

Desasirse del personaje tras la autoría, recluso de su idea de sí, implica de pronto habitante del vaivén, devenir vaivén. Correr biombos añosos y escafandras de ocasión, para oler el bosque, para oír el prisma, catar la resonancia, multiplicar el genésico fraseo,

danza en-trance de fusiones y anexiones y amalgamas y disoluciones engamadas y derretimientos y endurecimientos y yacimientos y aleaciones y desprendimientos y pieles y superficies y erosión y trasfondos.

Ya no en obediencia reactiva a un enunciado iterado hasta la saciedad, sino por acto volitivo de inscripción más acá, en la escritura. El poema con hambre más acá de apetencias. El mismo parpadeo en su reflejo. Mismotrostro. Pasar por el tamiz de la experiencia implica disolverse en lo percibido, como en vínculo fraterno con la otredad ambiente, la otredad aquí, ahora.

Viajero no por apenas metáfora: no hay metáfora que no sea aborigen. El menosprecio de que “goza” la metáfora entre la crema de la crítica genérica, es temor. Timor mortis —saturado de lo que no es cuerpo inmediato, contacto que tranquiliza y conduce a nuevas áreas de exploración y encuentro, el tímpano, impedido de la escucha.

Mortemor. Temorfosis: de pronto salta la chispa del pez —ahí, ese gorjeo-conjuro, ese cruce entre percataciones, con su capacidad de meternos, velozmente detenido colibrí (¿parpadea o no parpadea? ¿parpadeo no es un plumaje?), concurre al canto-polen daquiniano.

“Canto visual” cuya visualidad entra por el oído más acá del tímpano y por el ojo más acá de la retina, sin quedar en punto retenido, por su impulso sutil, en las aduanas del entendimiento en los pabellones administrativos de la oreja adiestrada.

La onda cerebral y la celebración no cautiva de sus efémerides; la concentración de la palabra en la dimensión respiratoria, en el evento sostenido de su percatación; el poema destinado a una comprensión inmediata, no intelectiva, donde las palabras se reconcilian, se hacen portadoras —merecedoras— de una armonía; armonía que no es apaciguamiento de la posible turbulencia sino pasaje directo a otro nivel de percepción.

Desde esta precariedad y este entusiasmo, el astrolabio en la boca, dejarse en el hervor preciso de su punto de incantación, su procesamiento verbal por analogías que se desplazan sobre un terreno encrespado de interioridad dada vuelta.


Poesía trastorno / visión fuera del pensamiento / centro sin fondo

le mostraremos nuestros vidrios en el horizonte

el paso de la luz al diamante

entre los fulgores ocultos en los túneles de un reflejo

la terrible visión que se mira a sí misma al dar vuelta la luz


¿Quién es el que canta? ¿Quién se hace cóncavo (y la escucha encarna)? Se empieza por cualquier enunciado capaz de un desliz, hilar de las imágenes que van entrando y saliendo unas y otras. La dinamo es aquí un caleidoscopio cuya referencia mutante es el primordio, el acecho de un origen que se transforma, origen que muta con la velocidad del sentido. Y en verdad se desfonda la costumbre unilateral: leer en el poema al que lee siendo leído por el poema.


translucencia reencontrada

conca vida

y pensar que aún pudiera tocarla

sal verdosa del limo de la fuente

misterio vegetal traslumbrado en las estructuras cristalinas del aire


La poesía como vía en un proceso que no se fija en la demarcación de un sujeto ante sus cosas —su objetar, incluso— sino que se da en carnespíritu, antes de cualquier acceso o salimiento. El sentido en el poema visionario es un atravesamiento que es un atravesar. Muestra una presencia indemostrable, perceptible e imperceptible a la vez (aire de lo que es más acá de que podamos reconocerlo a simple percepción o captura inteligible). Si trabaja la imagen es para condensarla en la visión: el sentido nos escucha, da el cóncavo necesario para la resonancia suscitativa.

Lo visionario en un poema tal vez consista en revertir, mediante la meditación que reanima cada palabra-prisma en su recuperada voz, la interferencia ambiental de una “cultura” cuyo principal factor de “cambio” consiste en jugar constante y alternadamente a afirmarse y a degradarse, al interior interferido de los individuos (sus gestos, sus palabras, sus historias), en sus propios parámetros y paradigma.

Esa meditación es, repitámoslo si cabe la vibra, una inteligencia carnal, una encarnación habitada, capaz de aunarse al espíritu de infinitos cuerpos. Una palabra en todo caso arraigada en su propia génesis, algo así como un recurso aborigen aplicado al ritmar la vista y el oído en una consagración extática de la página semoviente.

En los desplazamientos vibratorios del sentido, el poema visionario de Alfonso D’Aquino toca lugares, que no consisten definitoriamente, con una transparencia activa capaz de recuperar a la propia opacidad, ya no opuesta, complementaria.

Aquí mismo, donde el sentido se resiste, D’Aquino inscribe su canto visual: aura en la imagen, conciencia de continuo modificada al concentrarse, exploradora, en las posibilidades materializantes del lenguaje escrito. Materialización que, para ser, incluye el aura, o sea lo irreductible emanador, contundente luz del contacto con los mil y un aspectos del ser.

Leer la poesía de Alfonso implica recuperar la sensación del viaje hacia regiones inusitadas —algo que las poéticas más difundidas en nuestra lengua han perdido desde cuando menos los años 60: un intento de traspasar las imágenes en pos de una visión, o una entrevisión (Sucre) para lo cual es necesario habitar cada imagen en su inquietante corporeidad, incluso hasta en lo amorfo y aun lo informe implicados en una percatación a 360 grados a la redonda.

El espíritu de interiorizada aventura parece haberse ido diluyendo, a partir de un sobrepeso de expectativas aplicadas como yunques predestinales al poema, reprimiendo los dones de lo inconcebible, que acontecen una vez soltada la prerrogativa antropocéntrica (u “Occidente”).

En Alfonso la transmisión en varias dimensiones no hace a un programa de sorpresas ni a una recurrencia simbolista; expone, ante el escrutinio colector, el estudio sostenido de potencias y capacidades brujas, latentes en el lenguaje. Como un colocador de semillas en el corazón abierto de una tierra indómita, la participación del poeta en los devenires equivale a la del deslizador interdimensional.

Una confianza corporal en el acecho a las palabras-imágenes que, de pronto, con la prontitud de un reverbero arcaico —con esa velocidad que alínea incontables detenimientos—, devienen, siendo nombres, más que nombres.

Más que alusiones, seres y cosas o sus influjos, incluyendo aquello que les proyecta el ánimo y así rozando lo imperceptible: las imágenes cargadas de visión transmitidas por una lengua semoviente, transvisiones, modifican regiones del ser, transforman gradualmente aunque sin residuos, e inciden en esa generalizada trivialidad que nos acosa, para, mediante una recarga afectiva de las palabras, desmagnetizar las imágenes (entre ellas, la autoimagen), posibilitando, acto seguido, una constatación activa y por ende germinal de la capacidad de apertura que hace al ser atravesado por el verbo (y al revés).

Tocado en todos los sentidos, inscribe Alfonso, con todos los aromas que concentra la oscuridad. Para en seguida preferir: quemantes notas que imantan el bosque/ pero que nadie oye/ aunque es la misma música ruidosa y secreta de una a otra noche. La imagen, se puede percibir, surge encarnación verbal, pues el verbo en ella vertebral reverbera, dejando entreabiertas zonas liminares, disolviendo la voz en su desplazamiento de ojo linfático, nombrando umbralicia realidades o aspectos de la realidad en tanto aquello que, con toda precisión e implacablemente, atraviesa las entidades.

Pero por cierto una piedra es avatar de la piedra así como la piedra, genérica, constituye la referencia a cada piedra sensibilizada, devuelta afectivamente a la conciencia, la cual conversa con lo que ella no es. El poema como conversando —diálogo pleno de silencio que se comparte— se puebla de signos que son experiencias concretas y no su remisión: aunque, por cierto, hay una carne secreta que sólo en transparencia se conoce.

Transparencia en relación, que acontece vincularmente, en aleación con los signos-seres, jamás resignándose sino insistiendo en acompañar con la expresión ese misterio del acontecer. La circulación de tales signos por los versus del emblema procede asimismo a generar presencia. Lo nombrado no realza figuras principales que recortar de un fondo, sino que es para la precisa transfiguración. Si instantánea, inmemorial.


La visión una noche tras otra del primer pino

como un pedazo de estrella incandescente caído en el jardín de al lado

que dejara entrever bajo su negra corteza

igual que el corazón del árbol esmaltado de coruscantes líquenes

nunca visto a otra hora que cuando el sol declina entre sus ramas

su carne secreta

inmersa en el agua donde nace la luz

antes de subir por el tronco del otro pino


Algo en la metamorfosis sobrepasa a la forma e incorpora, da cuerpo a voces que lo informe proteicamente circula. Es, transmutar, una paradoja. El paso energético de una imagen a otra promueve el enhebrado que involucra regiones indómitas, quizá ignotas, del ser. Para ello, que carece de nombre, como principio o fin, y por ende se des-ubica por fuera de lo inventariado, se articula, en el acto de transmutar connotaciones y densidades, una suerte a-humana, un humano fuera de especie y de obediencia a la permanencia de alguna estirpe general, ya no ligada a la mera perduración o a la prevalencia de fijezas, sino a la posibilidad, al seguir deviniendo.

Cuando ciertas poéticas encarnan lo impremeditable de ese salto de-en la continuidad antropocéntrica y sus diversos cohesivos de facto, lo que salta a la vista no es el muñequeo de un artefacto “poético”, otro adefesio fabricado en serie para consumo de entendidos y encubrimiento de desentendidos. Ese eslabón perdido, que implica una voz presente más acá de cualquier identidad, constituye un alegato de traslucidez.

En el recíproco transparentarse entre los nombres y lo que nombran se estrecha un cauce; el poema prepara, si no dispone, una meditación; una, cuando el meditador ya no se constata, ni repetido en espejuelos ni conminado a permanecer en el confinamiento identitario. Si hay algo que no condice con el DNI, o con el identikit, también eso es el poema: no salta por sobre lo real, su salto es indicio de real posibilidad.

Ya que es al canto que se pronuncia el realce, la concordancia con lo inhumano captado en su dimensión ampliadora del mero Real. Mientras la identidad sometida al espejeo y sus reconocimientos, pavorosos de triviales, se asienta por sistema regulador de las presencias, o a eso, al menos, juega el socius y su implantación civil a todos los considerandos de la experiencia, “democratizando” allí donde la vida es lo irregular por excelencia, imponiendo registros para no percibir la variación infinita que desmiente al inventario.

El cosmógrafo viene a tocar de lleno la cuestión candente de la transmutación que hace al ser en su destello vibratorio, más acá, mucho más acá, de las clasificatorias y eliminatorias sociales. Lo que insurge es un relato aborigen, inmanencia que se autoalumbra:


Estaba viendo las estrellas la otra noche

y era como si estuviera viendo las estrellas otra noche

mentalmente me veía mirarlas

y también podía verme mirándome verlas

Me recuerdo mirando las estrellas me decía

y ya recordaba que otra vez las veía

Desde un vidrio me veo y en otro me reflejo

y miro que me miro

y también imagino que una estrella distinta

de pronto se refleja de este lado del libro

Y en cada vidrio que veo un reflejo distinto

de mí mismo se parte y me extravía…


No es un malabarismo metonímico lo que abre a (o parte hacia) la identidad cerrada, sino una meditación en el frutecer, en este caso atavío estelar adonde la desnudez se alcanza por estratos de transparencia. El “sujeto lírico” está, por cierto, des-sujetado, su canción se muestra vertebrada por ese fuego que parece frío porque se asume en el destello del cristal o en las puntas de estrella del diamante.

En lo habitado por esta poesía ha lugar a todo lo que no cierra en humano. Para lo inhumanable y para lo trashumante interregnos por igual: el sostén lo otorga el canto y se prolonga en los efectos sinuosos de un oscilar entre presencia y existencia. La presencia conmovida que contiene esa existencia, de cuya percatación obtiene el ámbar corredizo de una lengua que se va de madre.

La poética no confirma a una lengua materna sino a una lengua de llegada, siempre provisoria (en cuanto a velocidades implicadas en el sinuoso ritmar daquiniano) y sin embargo nítida movilización de los sentidos.

Todo ocurre en un tránsito dialogante, los nombres casi solos se presentan sobre la página concurriendo a una visitación de convergencias afiladas por la conectiva rítmica, don que pudiendo hacerse hipnótico lo evita, para llevar más bien la lectura a un reencuentro que ya no es reconocimiento ni un revisitar confirmatorio sino una extravía.

Extravía meditante donde la articulación, invisible sutra revelando el enhebrado, mantiene un equilibrio constante, pero un tipo de equilibrio que no reconoce puntos de apoyo, un equilibrio que se va constituyendo, gerundial en tanto respiratoria, presente sin continuo, a tiempo, un siempre formulado como el conjuro para un rito, por secreto no menos intenso en su explicitarse, cuando es coincidir movimiento y danza, música y sonido, letra y palabra, impulso y concentración.

No es que el sentido resida en alguna parte y se expresa, sino que se desplaza y se verifica nomás tras figuraciones que exaltan, por ejemplo en el poema “Espirales rotas / Sellos”, los nombres rotatorios, carne de oscilación. El hálito contra el cristal equivale a una caligrafía de patitas de ave que son velocidades en los nombres, velocidades de ese pensar que no cierran.

Cada nombre de la diosa-presencia será un modo, una modulación, una veta a seguir, un horizonte reencontrado, un signo de lo posible, un proyecto de incubación, una estancia en la materia, una chispa de contacto, una forma y un amorfo (decíamos), un paréntesis en lo habitual y una des-habituación instantánea…

Cada nombre encarna; será un atributo o una característica o una modalidad o un asomo a la presencia, atisbada entonces desde muchas perspectivas y escalas dimensionales, llevando la lengua alfabetaria y sucesiva hasta sus últimas posibilidades de estiramiento articular, para trazar el ideograma mental que los nombres no sólo evocan sino convocan…

Cada nombre…



II

el jardín de adentro


El origen es un remolino en el río del devenir.

Benjamin citado por Didi-Huberman


No

encontrado

ni

imaginado

nunca

visto

(…)

envuelto

por

su brillo

lejos muy

lejos

y no

obstante

tan

cerca

(…)

una

vez

visto

hueco


Es la referencia daquiniana al “Pájaro abismo”. Así, como acto crudo del pensar. Figura que sobrevuela la dimensión prevista. A vuelo de pájaro. Y en relación a una gravedad que es más acá de su Ley o de una profundidad recóndita, ocultada por el palimpsesto, por el muro de inscripciones o lamentos, por la sucesión de muros que hacen de ciudades laberintos y de laberintos metáforas de un abismo zigzagueante que sólo encuentra tope en los espejos.

El pájaro que no reconoce el vidrio no lo hace desaparecer, empero, y su choque contra la materia invisibilizada no lo desarraiga de la gravedad que su vuelo parecía insostener. La marca del pájaro queda estampada en el cristalino abismo, cristalino del ojo abisal que hurga estupefacto la razón de ser de esa distancia que media, esa frontera que no por invisible se debilita. Como un sudario, cristo emplumado en el cristal, se contrarresta el envío de su impulso volátil con un rechazo de las superficies planas, de las rectitudes, que pone al volador en un retorno a la materia cadente.

Pero la colisión no impide otra insurgencia, más delicada, inesperadamente vertida a la conciencia: una vez visto hueco es una frase de circulación interna inacabable, una de tantas de las que aparecen en Astro labio. El poema deja de ser sudario para una impresión de los sentidos y se recupera en sobrevuelo abisal, canaliza lo imperceptible en un rito cantábile, asume la inmanencia en tanto lengua intrínseca. Lengua-diosa que nos medita:


la flama inapagable al despertar

con la oscura sensación del viento en la cabeza

la veo con los ojos cerrados y los labios absortos


“Despertar”, flor de palabra. La proliferación de koans en D’Aquino hace que palabras como ésta adquieran antiguas vetas de percatación. El que se percata, percibe la inervación del fruto, las variaciones del pino en los pinos, el vidrio a la luz devuelto/ punto cero/ del verbo. ¿Y acaso no es la desnudez en sí ese pedazo de luz informe, ese profundo cristal/ sin orbe que eclipsa el oceánico bosque en el bosque geométrico?

Una meditación que plasma con inteligir compositivo una experiencia en varias dimensiones. Un calado. Un calato. Un desocultarse la voz ante la evidencia de un pensar cuya dinámica no adquiere consistencia con el uso reiterado de su idea, sino que se abre a la sugerencia, no por motivar a efectos de ambigüedad, sino por estar habitado y deshabitado, expandido y disuelto.

No hay sujeto pendiente de una predicación ni la consistente muleta sensorio-cognitiva de un objeto abarcable por el inteligir. La inteligencia es la del rayo, numen lumínico y crudeza numinosa en acto de nombrar. El único umbral restante sería la tercera o cuarta margen del río de luz que raya, promediando la rumia que se desfonda: al fin/ una vez súbito/ (reflejo)/ en otro/ vidrio.

La transparencia es una translucencia, ahí donde licuándose la luz aún cristaliza la intuición frágil, separativa, que dispone a la conciencia en su pico de atención, desposeída ésta de la más ínfima vara que alucinase con la confiscación del sentido o su inversa explicitación. Ni claridad ni opacidad, sino una permeabilidad de la forma labrada, en su trenzado poroso, tal que no interrumpa el paso de las luces, y esto en ambas direcciones del cristal: ¿cuál espejo?

Desaparecido el fondo de azogar que fundase o fundamentase un reflejo constatador, sólo queda la presencia sintiente, que sabe que es porque está, sintiéndose a su vez presentida por el espíritu que encarna toda forma. Algo no mundano, cuya condición de apartamiento o de paso al costado, si bien no se enuncia en los poemas de D’Aquino, emerge en tanto pulsación anímica, adánica que da trasluz a las imágenes, ellas mismas transparenciales.

¿Pero quién reduciría a la lisura un cristal? Rugosa o áspera percatación de la irregularidad que la vertebra, ahí, en las palabras que la encarnan como acrecentamiento de la percepción, del pensar percipiente que ya no es mero recipiente de “pensamientos” sino modulación vibratoria multilateral. Del encuentro activo con lo irregular surgen las palabras visionarias en un molino de oraciones que dan retorno a los seres vivientes por detrás o por dentro de cualquier imagen.

No alusiones: experiencias no inmunes a lo inhumano. Vínculos en los que se produce lo que Gary Snyder denominara “diálogo entre las especies”. Si bien es el humano lenguaje, y en uno de sus tantos idiomas, no se detiene D’Aquino en el elemento arquetípico de los linajes legitimadores, pues los emblemas naturales, como en el haiku, son el nombre de lo que son siendo lo que son desde una vinculación innombrable.

La fuerza entera está en la sugerencia, pero la ambigüedad tonal hace aflorar, sin perder el ornamento simbólico, la fuerza irregular de la imagen, visión que no es sólo retiniana sino un arrebato del inteligir encarnado: con una claridad y una cercanía inefables/ las marañas de signos oscuros de sus ramas sobrepuestas/ verdinegros arabescos que en el tronco suspendidos se estremecen/ cambian de sombra a cada instante/ y dicen y desdicen su ininteligible lengua que no dice/ mientras otros ásperos signos/ en las sucesivas ramas superiores/ absortas en el luminoso movimiento de sus agujas verdes/ vuelven a decirlo.

La fuerza de la imagen irreductible no reside en la capacidad de mostración de una realidad dada, sino de una experiencia inusitada de la realidad. No un Real sino una ampliación por desplazamiento de cualquier centro detentador del sentido. No la luz nombrable sino el ideograma holografiado por el aliento mientras y siempre mientras canta:


luz

hialina

hila

hila


El propósito, enunciado en alguna parte por Lezama, de un acercamiento incalculable a los elementos naturales, cuya desproporción proporciona una sobredimensión, una sobrenaturaleza, o ese complementario posible, donde una consustanciación tal con las imágenes irrevocables, llevadas hasta el ilusionismo sobrenatural, la ilusión de un más allá de las formas naturales, que ya permite el retorno de la conciencia a la directa percepción de esas formas de existencia, esas otras presencias que no son para confirmar a ningún centro verificador de sentidos.

Está claro que quienes reniegan de la naturaleza, confiriéndole dignidad de “concepto”, cuando no de concepto perimido (romántico, etc.), carecen en su experiencia del contacto básico necesario como para comprender que ciertas palabras corresponden, en verdad, no a un símbolo, sino a un modo de ser, a un ser particular o específico, no intercambiable, con el cual podemos, en efecto, relacionarnos por la vía acéntrica.


Cuando a Joshu se lo interrogó sobre la significación de la llegada de Bodhidharma al Oriente (que proverbialmente es lo mismo que preguntar sobre el principio fundamental del Budismo), replicó: “El ciprés en el patio.”

“Hablas”, dijo el monje, “de un símbolo objetivo.”

“No, no hablo de un símbolo objetivo.”

“Entonces”, preguntó el monje nuevamente, “¿cuál es el principio último del Budismo?”

“El ciprés en el patio”, replicó otra vez Joshu.

D.T. Suzuki, “Zen doctrina de la no-mente”


El abandono de las imágenes naturales, en la poesía urbanita que nos acomete con sus mil “descubrimientos” cultuales, de puntualidad predecible, dadas las circunstancias planetarias, tiene más rasgos de síntoma que de logro artístico. Mucho es lo que se pierde, aun en términos de capacidades conectivas a favor de los alcances de la composición poética, cuando, por desestimar lo que se cree (pues de creencias se trata, en efecto) detectado, traducible: un “símbolo” [con todas las comillas del caso].

Es, decir, una desacumulación energética que ninguna razón o mandato aboliría en pro de supuestas nitideces, gestión de intereses simbólicos que suele confunde con la ética, para tachar la simbólica en cuanto acción asignificadora. Se pierde de vista, en los mandatos y razones, una experiencia inhumana bien concreta.

Bien poco puede decirnos una palabra cuando carecemos de la experiencia precisa que denota: quienes atribuyen condición meramente “simbólica” (en acepción reduccionista de hiper-significada) a una palabra como pájaro o pino, ven en la tradición que alimenta ese “valor poético depositado en el nombre” un sistema a superar mediante el esfuerzo sustitutivo que imponga, en todo caso, otros nombres, otra fijeza, a lo sumo.

En Astro labio se prodiga una circulación magnética entre los nombres, como en “Sílice”, donde la inmensidad y aun lo inabarcable encuentran un lugar eslabonado en la canción. Entran a ser parte, encarnando giratorias posibilidades, un movimiento del espíritu una vez que éste no se fija en el remitente ni en el portador, sino que va abarcando y abarcando se descubre.


Mineral oculto / la noche desvela

la piedra inminente / sin sombra

ni nombre / ni luz / translucencia

insomne / que roza mi frente


—¡La vi…! ¡Estaba… ahí…!


La miro a lo lejos / desnuda

por dentro / y en la tierra cruda

de pronto aparece / su luz en el aire

la miro o la pienso / la tiro hacia dentro


En la piedra rota / la luz se demora

visión sin imagen / translucente mente

un vaso encendido / bajo cada letra

transparenta nada / nada transparente


Hay un solo espejo / todo el universo

hileras de cuencos / colmados / vacíos

estrellas fantasmas / entre cielos rasos

esferas / oscuras / extintas / desvelo


Ah lúcida arena / materia

invisible / la sal reflejaba

tan clara / y profunda

una luz oída / en el agua rara


—¡Sí…! ¡Sí…! ¡Ahí… ahí…!


Como en mínimas olas del desplazamiento simbolista en “La dama i” de Eguren, Alfonso tira sus dados rectangulares, estriados, cargados con los magnetos materializadores que gravitan una pluralidad de nortes para la voz que, desnuda por dentro y en la tierra cruda, vive en un acento, una coloración, la delgadez extrema del junco de la vocal que remeda un torso con una cabeza o una vela, repentinamente encendida por el énfasis acentual.

Ahí, en el ahí, en el Sí, sí, ahí, prima una voz inocultable, que no objeta nada porque señala (¿hacia adónde, adónde?) lo translucente en sí, la captación de la luz en la transparencia (y viceversa). Y el acotadísimo rumor del adjetivo exacto, el que no califica ni retrata, el que apunta al blanco/negro de la conciencia binaria, llevando en la imagen irreductible la condición real, la del austero misterio: una luz oída en el agua rara.

Rara, pues, el agua que transporta la luz como una voz, un sonido, una existencia paralela a las razones y sus estados. La naturaleza, asimismo, en lo más simple, lo más a mano: el agua, la luz. Nombres que son infinitos, una vez que continúan siendo experiencias, lejos del depósito simbólico y sus contiendas contra el símbolo.

Donde los extirpadores de idolatrías insisten en instalar el escepticismo, cuando no la postura cínica del mercader con discurso y fuerza bruta desencadenadora de hechos (y derechos), la poesía de pronto, en su fragilidad de objeto no-objeto, de cosa no-cosa, de asunto no-asunto, contiene un destello, como la diosa ambarina de Eguren-Westphalen.

Un destello al pasar. Un zarpazo a la inquietud, al bullicio, al bochinche de Eros, al mercado técnico y profético, al discurseo sobre el esto y el aquello, a la opinología versificante, a la necesidad de provocación o de trascendencia mediática. Alfonso construye su caracola desde una experiencia inhumana, en natura, no desde una vocación de naturalista.

Del mismo modo, su recuento simbólico no consiste en un simbolismo (una etereización de figuraciones sobrenaturalistas) sino en un ahondamiento persistente en los signos vivos, ahí donde el nombre y el ser nombrado no se escinden, trazando lo que podría considerarse los rastros del solitario.

El paso al costado, la salida de siglo o de época o de tiempo remarcado, en cualquier caso, es asimismo un salirse de sí, una acción vital ante el acuerdo (hipócrita) de “lo sin salida”. El poema sólo puede ser auténtico en este sentido, cuando sin importar los merecimientos de las ópticas epocales y su sistema profesoral, cuando no traumático, su crítica establecedora, interpretante: una poética persiste en cuanto abre cada vez más silencio.

Silencio alrededor, antes y después de las palabras. Pero más y menos que nada silencio interno, intrínseco. Posibilidad-sentido, donde la voz poética hace lugar a lo más simple que, de pronto, podría resultar, a los ojos de una razón de estado, cualquiera fuese su índole, un anacronismo. El valor de esa manifestación anacrónica no sólo es incalculable, sino que es lo incalculable mismo. ¿Y acaso la poesía no restituye lo incalculable a la lengua en tanto y en cuanto desmadrada, autoparidora?

Pongámoslo en palabras de Aldo Pellegrini:

La palabra que dialoga con el silencio intenta la liberación. Se despoja de significado, se despoja de intención, se despoja de uso, para adquirir sentido. La palabra inútil colma el vacío de lo útil. Y esa plenitud se denomina camino de reencuentro. El reencuentro con la naturaleza que quiere ser revelada. El reencuentro de los entes aislados que no deben estarlo. El reencuentro consigo mismo. El reencuentro frontal con el misterio.


Lo que enuncia-encarna el cantar es una experiencia de otro orden, o más bien fuera de orden. Una modulación que hallando su forma consciente, de expansividades concéntricas y condensaciones eclosionantes, hila, rehíla el sutra. El alegato expresivo tras semejante sutura prodiga experiencia inocente, cuya sencillez de expresión transparenta una compleja gama, anímica-somática-evocadora. Como valor compositivo, le da a la voz qué des-hablar, mientras deletrea el cántico mediante puntos opacos que se desvanecen, en contrapunto, dejando pasar las otredades.

Todo otro —la demasía, la transpersona del espíritu común— con que Alfonso gusta de trenzar estos contrahechizos, cuya velocidad de nudos por instancia respiratoria no sabría decir si es rápida o lenta. Tal ritmo abarca (recicla) la arritmia primordial, siendo primordios dioses imperceptibles de pronto atisbados en translucencia: en ese punto, ya no indeciso sino vibrátil, en que frío y calor, opaco y lumínico, completitud y vacío, tú y yo dejan de oponerse.

Convergen renovales los des-opuestos en formación inesperada de detalles que sin embargo parecieran recordados, a medida que se los cata, ellos también mordientes, en el poema. Como si una región de la conciencia, que se supondría aislada, percibiese en la dicha trasluciente de las inscripciones sendas ampliaciones de lo informe germinal.

Se trata de la insurgencia refinada de ese margen salvaje que ningún domador comprendería en su intento por salvarse él o bien salvarlo: éste y no otro misterio, que nos recicla (abarca) como en el poema “(green fluorite”):


Idénticos

durante el instante incierto

en que el interior del cúbico cristal

y mi cabeza cuadrada

parecen alojar

entre el apacible flujo

de sus líneas rectas

y sus ángulos equívocos

una misma figura translucente

que los hilos de la luz

llevan y traen

desde el ácuo interior de la piedra

y su convulsa red vacía

hasta un lugar

sin espacio

que de pronto

entre mis dedos

se abre


Si la identidad realmente existiera, no podría ser lo cercenado, lo conminado, lo coagulado, la traba que no catapulta, la poesía del arrastre confirmatorio, lo confirmable propiamente. Si existiese algo así como una identidad, no podría ser la asignación del socius, su sentido de pertenencia o exclusión: por el poema pasan frecuencias de otra índole, que no son ya las del idéntico sino las del irrepetible.

Por eso, ante la pregunta (retórica) acerca de la función del poeta en la realidad, quizá no cabría sino abrir cada vez más el tercer oído, permitiéndole a las palabras la reverberancia inexacta, la inexactitud per se que hace a la voz buscándose de canto.

D’Aquino en su ritmo ritual, su caja de reverberancias justamente para ver qué se hace con la conciencia ante el espejo: Espejo entre juguetes elegido/ juguete de los perros sin el niño// Al acecho palpita entre las piedras/ el reflejo sangrante de la hiedra// Casi invisible si su luz no fuera/ leve zumbo de vida a ras de tierra// (…) Imagen del espejo enrarecido/ la blanca faz del cazador furtivo// Enredo de rebrillos ominosos/ el reflejo que encarna entre los ojos// Incapaces de ver entre hebras rotas/ el hilo fino que cruza las cosas// Irradia en la penumbra del eclipse/ el rastro inocultable de oro y tizne// Luz que la luz del vidrio apenas rosa/ la repentina mano de una diosa// (…) Más pensada que vista luz oculta/ la solícita mano que lo ausculta// Y al tocarlo lo escucha y lo piensa/ y al pensar lo descubre y lo tienta// Salta el nudo al contacto del filo/ ¡Si sigue en vilo el corazón del niño!// (…) Como un cristal ardiente blanco enjambre/ que al rezumar la luz en luz se parte// Al suelo cae la cal que lo cubría/ vidrio desnudo transparente el día// El día que nace dentro del dios mismo/ y se prolonga en los hilos del vidrio// Aletea la víscera sublime/ se desbordan sus vasos irascibles// (…) El círculo sanguíneo del espejo/ o el reflejo que encarna en el reflejo// (…)

La luz metamórfica por la que ingresa la conciencia a todas las iluminaciones, súbitas láminas umbralicias donde se disuelven las fronteras. Una condición de lo no-humano crece enredadera por dentro de la actividad verbal, detonándola en una implosiva eclosión que hace del reverbero cenestésico la fuerza de interiocepción, donde encarnar no calza en el molde corporal o en la idea de cuerpo impuesta, incluso, y por cierto, a las palabras.

Se es poeta (lector) por una gracia conseguida, en el sentido que al verbo conseguir se le asigna en algunos enclaves del continente americano: encontrar. Gracia encontrada, pues, que en Astro labio llega a la consumación de un libro de hilos, donde se sigue un rastro inmemorial, que excede a la memoria, que deviene nutriente de una intuición abarcante. Ahí la poesía es un destino, rareza del estar que hace del misterio materia de su pronunciación, como en “Hilos” precisamente, un homenaje a Jorge Eduardo Eielson, artista con el que D’Aquino guarda afinidad:


Hilo nulo libro

hilo a hilo ahílo

halo hilo velo

nudo a nudo sigo


En una entrevista por escrito de 2005 el propio Alfonso nos decía:

Sí, todo canta. Quiero decir, oigo que todo canta y que todo pide ser cantado. Hay algo como un magnetismo del canto, que se transmite del objeto (cualquiera que éste sea) al verso y de éste al canto silencioso que el lector realiza. (…) Ahora tarareo lo que escribo, canto sus sílabas más que contarlas, e incluso, así sea torpe y efímeramente, en ocasiones lo musicalizo en un teclado para asegurarme de su ritmo y su sonoridad, y esto para todos los registros poéticos en los que me gusta moverme: de la poesía visual (que normalmente ignora el lirismo, sin duda en detrimento propio) a un verso que es libre sólo en la medida que se transforma en su opuesto y cuyo canto se profundiza a un nivel microtonal, en el que empieza el verdadero trabajo poético, el sutil entramado de los más mínimos aspectos del verso: las rimas que imantan los sentidos, los ritmos que abren el espacio, las sílabas que silban, las imágenes que resuenan tras el ojo… Y todo ello como una unidad de sentido-sonido-y-forma que se resuelve como canto visual. No puedo sino repetir aquello de que el poeta tan sólo transmite la inaudible música que percibe. Y es su capacidad de transmisión creativa la que lo convierte, en la medida que se afinan su oído y su palabra, en un fino instrumento de esa música no oída.[1]


El tipo de imagen irreductible que trabaja D’Aquino, más que a la imagen tal como la comprendemos en su aspecto, su vigencia retiniana, se vincula con la visión. Una poesía visionaria que se concentra en un tiempo paralelo, o en un destiempo, o, mejor aun, en el aura de las cosas tanto como en las cosas mismas en su contundencia espaciotemporal en otro plano. Aquí se cumple a cabalidad aquello señalado por Georges Didi-Huberman dialogando con Walter Benjamin:

Ante nuestros ojos, fuera de nuestra vista: algo nos habla aquí de la obsesión como lo que volvería a nosotros de lejos, nos incumbiría, nos miraría y se nos escaparía a la vez. Es a partir de una paradoja semejante, sin duda, que hay que comprender el segundo aspecto del aura, que es el de un poder de la mirada prestado a lo mirado mismo por el mirante: “Esto me mira”. Tocamos aquí el carácter evidentemente fantasmático de esta experiencia, pero, antes de pretender evaluar su tenor simplemente ilusorio o, al contrario, su tenor de verdad, retengamos la fórmula mediante la cual Benjamin explicaba esta experiencia: “Sentir el aura de una cosa es otorgarle el poder de alzar los ojos”, y añadía enseguida: “Ésta es una de las fuentes mismas de la poesía”. Poco a poco se comprenderá que, para Benjamin, el aura no podría reducirse a una pura y simple fenomenología de la fascinación alienada inclinada hacia la vertiente de la alucinación. Aquí se trataría más bien de una mirada obrada por el tiempo, una mirada que dejaría a la aparición del tiempo para desplegarse como pensamiento, es decir que dejaría al espacio el tiempo para retramarse de otra manera, para volver a convertirse en tiempo.2


La cualidad ampliadora de la nitidez verbal en D’Aquino incide favorable a la meditación, donde la atención del percipiente se disuelve en la condición transmutante del ser-estar: un devenir, cuya señal integradora —no meramente cohesiva— es el ritmo. Una insistencia corporal, incorporante aun de lo incorporal, oscilando los límites aparentes en una danza del sentido tocante a lo matérico y a lo inmensurable. Vértebra y aura. Estrella y objeto. Inmediatez e infinito.

Cerca de la voz, a veces como canción, a veces como transcripción de un itinerario del espíritu —donde lo recortado y personal se mezcla activamente con lo transpersonal en un recíproco desborde de signos vibrando—, la poesía de Alfonso es una constante materialización de visiones que alcanzan la conciencia en una segunda atención. De ahí provienen y ahí llevan.

La fecunda acotación de Didi-Huberman, acerca de que “el aura no podría reducirse a una pura y simple fenomenología de la fascinación alienada inclinada hacia la vertiente de la alucinación” permite apreciar de qué manera y cuán intensamente D’Aquino deja pasar la corriente imprevista del sentido a través de la imagen-visión.

Mediante unas composiciones tan rigurosas como permeables a la danza de las partículas que en ellas ocurre, medita el poeta a la vista del lector, dando recurso a los pasajes interdimensionales en sus devenires más concretos: “estudio”, habitación, ventana, mesa de trabajo, lugarejo de la meditación, micro-macro. Es así cómo el mandala se va transformando con la oscilatoria propia del sentido, se mueven a un tiempo el mandala y el ojoído, frutecer de la percatación.

El astrolabio de D’Aquino retoma el doblez de sus componentes: el astro aquí, el labio aquí. Astro labial, labia astral. Titilación en tiempo y canción encarnada en espacio. O encrucijada espaciotemporal en la alineación analógica: una invitación al enlace razón-irrazón así como un ahondamiento adrede aquende la transparencia que virazona los estratos.

Correspondencia asimismo de los fragmentos, dispersión del espejo devenido chispas de transparencia no siempre atravesable (aunque la carne permanezca ante lo atravesante; es más, se diría que persiste en la carne jamás resignada una gradación de sentido que sólo intermitentemente puede ser captada: de ahí la contrapuesta velocidad de los sentidos que la imagen irreductible del poema desacumula).

Por eso la incorporación del elemento temporal, fundido a los volúmenes retrabajados hasta traspasar la distancia espacial, la conciencia de ese recorte distanciado, donde ningún protagonista, ya, permanece en un solo lugar. La multilocación del yo lírico de pronto adquiere coloraciones y temperaturas cuya pauta de variación continua reside en una percepción musicante de las cosas, rotatoria y permutante, en un fundido que al sostenerse atraviesa las variaciones como un haz respiratorio y pneumático a la vez.

En la imagen irreductible, presencia y no representación, visionaria en cuanto a traspasar cualquier protagonismo —lírica que no es del sujeto central sino del intercambio copulativo entre los seres, de la interdimensión más que de un andarivel aislado en alguna centralidad o periferia—, repitamos con Didi-Huberman, “se trataría más bien de una mirada obrada por el tiempo, una mirada que dejaría a la aparición del tiempo para desplegarse como pensamiento”.


desde las hojas que abren al jardín de adentro

en juegos de ventanas que reflejan otros juegos de ventanas

que reflejan otros juegos de ventanas que reflejan

en este vidrio soluble

la noche toda rayada por la lluvia que no calla


El pensar desensimismante del poema es una reentrada en el tiempo, lo cual implica, a su vez, un abandono senso-abisal de la cronología y la linearidad. Es esta aparición del tiempo en tanto despliegue pensante, en tanto movimiento del ser en simultáneas direcciones (y gradaciones y receptividades), lo que convoca la aparición. Quizá la provoca: que salga de su escucha, que a lo ensimismado le deje su parte de retorno. Aparición que no es de lo Humano y sus Órdenes, sino de lo palpitante, del que el lenguaje se hace transportador.

Un énfasis tácito en la cualidad energética a desplegar con la palabra, un cultivo, precisamente, de las capilaridades conectivas. Éstas actúan mediante el reverbero de todos los estratos en pos del unísono: cuando la arritmia propia del sentido arrima los mundos (y crece el mundo).

Si hay poeta (y lector), es que alguien se saca de caminos y se coloca en situación de estar: de ahí tal observancia del silencio, ese caos germinal donde el sentido jamás se instala. Y, sin embargo, peace of mind, dado el acto del renunciante, su paso al costado de la Mentalidad.

Las reunidas entidades que habitan las imágenes visionarias son signos que sacuden presencias. Aspectos de una realidad que no se ve eclipsada por la interpretación. Materializaciones a nivel de una atención que se va construyendo.

Utilidad espiritual de la poesía: configurar, como el yantra o el mandala, un punto de apoyo para la concentración en el salto al ser misterioso, en su enigma y abertura.

Punto concéntrico que tanto expande como contrae, tanto elastiza y reparte hasta parecer disgregado como condensa y afianza. Interdimensión en que convergen múltiples entres de resistencia no-antropocéntrica (no prefijada en el realce de una centralidad universal o cualquiera de sus particulares derivados).

Punto de la voz escrita visiva; punto para la confluencia energética, abarcante aun de las entidades aisladas y las identidades separativas, id est las concretudes y las evanescencias.

No es una relativización de absolutos lo que Alfonso D’Aquino ha puesto a circular: es una puesta en relación entre entres. Alcanza la liberación transverbal del evento poético, como una sustancia traspasando al poema, masticando con dientes de luz negra el corazón que se desplaza, el hongo-gota-tambor-borra-ras-astro inmarcesible de las palabras-almas, medulla —danzantextralúcida— estrella.


A través del ventanal me veo desde el jardín

reflejado en las ventanas de mis ojos entrar en otra casa

profunda y luminosa como son las casas en los sueños

donde siempre se abre inesperadamente un cuarto nuevo

enero 2012




[1] “Alfonso D’Aquino: instrumento de la música no oída”, respuestas de AD a un cuestionario de Reynaldo Jiménez, revista tsé-tsé, Nº 16, Buenos Aires, 2005; todo lo cual funge de introducción a una muestra poética: “Hyalus”.

2 Georges Didi-Huberman, Lo que vemos, lo que nos mira, Bordes, Manantial, Buenos Aires, 1997, traducción de Horacio Pons.