pintura vitral en papel de gabriela giusti
Ay, esta flocular rabieta, esta lumbre desigual, ilumina con su esmalte el penacho de la noche. Porque ahora somos manada en nuevos hangares: juglares en cuero, más que nada.
Y porque en las terrazas involucionamos entre “tintos de verano” para oír los trenes bien lejos; porque los bichos con los que tropezamos nos hablan de nichos níveos en pleno desierto; porque ayer o mañana habrán existido estos caciques sin tipis ni razas, mantrando carcajadas —grumos— al borde de las grammas:
¡comete todo, víbora pluvial, y esfumate! Devoranos el todo, pero dejanos el postre: la postrer dentina de tu tarascón: el agrietado diente con el que nos inyectás el afro-derrape, la vibra plural a deshora.
***
Porque en este diente está lo nuevo y lo más antiguo —porque de este vientre gotea el disolvente universal.
JS, ¡Afrodictum!
De pronto y sin que nada lo anunciara —tal como es la poesía, cuando aparece, puro fuego—, el espacio verbal se desocupa de la resaca significante; deja el lenguaje de ser el sufrido transmisor, afirmador-retaceador de sentidos o destructor-constructor de civilizaciones. Se accede nomás al poema por la ausencia misma de puertas. No constituye carencia sino un paso, más acá. Pasaje. Del Centro Detentador del Sentido, o la conciencia unilateral habitual, a la materia, viviente.
Un paso, un gran paso en relación a las coreografías poéticas de lo habitual, abriendo una tangente por medio del humo que invade los entornos. Por sobre el hormiguero-cultura que nos absorbe (en que nos absorbemos) la atención, degradando nuestros vínculos con lo incalculable mediante el recurso opresivo de los surcos rutinales —cuando no los hologramas apocalípticos—, sobrevuela la voz poética, aura en tránsito siempre de encarnación.
Ya en su libro anterior, Muletología, a Juan Salzano se lo podía percibir como un poeta en línea natural con Lautréamont. Pero no con la tela bien cortada y por cierto sanforizada del malditismo serial. Esa secuela producida en verdad recubre, como envoltorio de lo correctamente incorrecto, el maldecir lautremoniano, tornándolo otra coagulación comportamental, muy distinto a la veta aborigen —la de las imágenes irreductibles de las entrevisiones— aquí curtida.
Como en la canción de otro uruguayo, El Príncipe, en la poesía de Salzano hay lugar para “la tradición vudú y todo el surrealismo”. Hasta lo perturbador acá es epifánico. No lo sacramental, sino la intensidad, en sí misma sagrada debido a la entrega que convoca sin neutralizarla (espinas al aire) y a la integridad que articula sin organizarla. Por eso las entidades pasan y la voz escrita es el fuelle que rítmicamente las anima. Donde cuando se está en los comienzos, es el aprendizaje de la escritura mismo el que “dicta” el proceder compositivo: qué cosa será esto-de-escribir-esto, precisamente esto (ni esto ni aquello) y de qué va y adónde, la víbora pluvial afro-derrape, vibra plural a deshora.
Además de invocación, este segundo tratado salzánico, así como no proyecta convenciones fijas tampoco está dándole soga al maquinar anticonvencional, con sus congruentes predicamentos. Su consistencia homeopática decididamente se encuentra fuera del registro de los inventariadores, rutinarios de lo nuevo (verbigracia “la nueva poesía argentina”), certeros achatadores vía el apriete antológico (las “éticas” que tanto se nuncian en las vitrinas de “lo actual”) de los imperativos categóricos, cualquiera sean, aplicados como spray de un fijador sobre los devenires verbales.
La poesía visionaria se presenta, con frecuencia, según un modo intenso de entonar, modo por cierto irrepetible y por ende impredecible que, siendo entonación, da lo tonal. Una cierta tonalidad que encuentra equivalencia en la conciencia ampliada. Se mueve el personaje de la letra. (En cuanto a vincular el ser y la escritura, no se podrá sino seguir ensayando.) La inspiración bien podría consistir en abrir los sentidos desde ese tono inusual, sin embargo natural cuando acontece. La visión sería ese acontecimiento que se percata, interiorización respiratoria, rítmica, tonal, aurática, carnal, en un “interior” que no se opone a un externo ni se instala en alguna variante novedosa del panóptico.
La podredumbre general pierde peso proto-agónico cuando se la reintegra a la urdimbre de lo que diciéndose, queriendo decir, prosigue, mediante el aprecio procedimental, en un cruzamiento de fuerzas, invocadas por la palabra deslenguada. La que se suelta, medio inconsciente, del asirse al lenguaje, palabra llena de viento y de ecos, resurgiendo en forma de rectángulos diamantinos que son cristales de lava y volumen condensado, cosecha de encuentros en los paseos del pensar.
Y el tono provoca imágenes. Es fácil decir “imagen verbal” pero más difícil acercársele, sin encarcelarla en lo que Roberto Echavarren llama, al final de su postfacio al libro, “las simplificaciones que nos apresan”. Asimismo difícil afirmar desde qué perspectiva podría uno situarse para extinguir definitivamente al “yo en tanto identidad” tal como lo solicita Echavarren, pues “no corresponde con nuestra experiencia de multiplicidades, con un cuerpo vibratorio de muchos contenidos”. Esa “crítica al yo identitario”, “reivindicación libertaria, al propósito de desprendernos de las simplificaciones que nos apresan”, por repetir en contexto esa última imagen —imagen al fin y al cabo—, quizá esté soslayando un hecho, además no fortuito sino volitivo: las imágenes verbales de ¡Afrodictum! no ilustran teorías de insumisión, con lo cual la crítica es inherente (no exprofesa). Ya no inflan al fantasma yo-convención para oponerle, en trastienda, una convención de mutaciones per se, cual exhibición de destreza (una mostración de fuerza, como al “defender un campo”).
Algo que llama la atención en la poesía de Salzano es, por otra parte, la cualidad incorporativa de ese quién verbal, explícito-tácito: menos contra el yo identitario que a favor de las mutaciones del pensar, que no dependen más de las ideas fijas, ideologemas, slogans. Pensar analógico la prosodia del poema: doble ciencia donde la propuesta de huida es lenta, aunque recorrida, circuitada, por erizamientos fáunicos. Fauna innumerable.
No se subsanaría la simplificación opresora con un despliegue de resistencias articuladas de equis-maniera, ni con devenir fábrica de complejidades (ahí donde hasta la patafísica, cuando promulgada, renguea, o se pone un poco seria, haciendo del absurdo otra solución; de similar modo, la voluta que coagula, el alarido en alarde, la forma calculada para el impacto a cualquier escala, a duras penas sustituirían con cotillón desangelado el bronce de la misma importancia). El matiz, en relación a estos espejeos de la sensibilidad “común” o “incomún” es que Salzano, su devenir medium, en otra pasarela, se muestra con ferocidad antropófaga e inicial, es decir dotado para la donación energética, ese grado de trabajada inocencia (“belleza que todavía soportamos”) sin el cual palabras o intuiciones como inspiración, sensibilidad, pensar, nada estarán connotando. El poema en tanto experiencia intuitiva: Estar tan seguro de la vía como de siempre mentir. Y desde el gong ventral, arremeter con brío.
Quiero decir que en esta poesía no es un humor de paralela obligatoriedad (¿una risa utilizable?) lo que socava a la impostura general. Que la poesía no se puede instalar, así nomás, a la delantera de propósitos anticonvencionales, sin pérdida de su específica acción ni interrupción de la experiencia poética en sí, cuyo acontecer se da necesariamente fuera del control conceptual. Además: así como las imposturas no decrecen asumiendo posturas predicativas, la premeditación oblitera la meditación. Más bien veo a Juan saliéndose, en lo que escribe, de las seriedades seriales, incluyendo ésas del humor abrochado a finalidades o la fabricación de objetos verbales funcionales a poéticas con manual de uso, empeñadas en hacerse inductivas de (alguna) razón.
Justo la imagen verbal, para ser, al propiciar la “segunda atención”, se desata de las segundas intenciones, adquiere, por derecho natural, una irradiación vibrante que nos permite meditar, en el lenguaje. No le debe nada a lo enunciable. Experiencia que, como tal, desbarata, en tanto acontecimiento ultraconciente, fuera del campo literario u otro, la continua y machacante proyección, a veces superpuesta con las simplificaciones o complicaciones que creemos detectar “afuera”.
(Inutilidad, por esto mismo, de las tan funcionales contiendas inter-estéticas, distrayendo, interrumpiendo redes y perdiendo a los discursos en las guerras intestinas. Lo que merecería estar en continua revisión es hasta qué grado seremos capaces de escribir/leer desde esa segunda atención, desprendidos en qué medida del preexistente autodeclarado y sus posibles declamaciones o rèclames, su opinología, su eterna herida o salvedad “por la coherencia”, neuronas iteradas en adiestramientos de los que se puede uno descuidar. Aparecen donde menos se los espera. Justo ahí. Será preferible no instalarse, ni a favor ni en contra de los instalacionismos y las performancias que simulan dominar algo así como un “paisaje cultural”. Por entre estratos…)
El poema, cruzando el espejo, no expresa el interior sino que abre sensiblemente al interior en su sensación de ser, lo mismo que en su sentido de sí, por lo cual la imagen verbal, la conectiva visivo-audible-tangible, no es indiscriminada, persiste en perseguir su sirena o manatí, no menos fabuloso. Lo que desbarata la distracción unilateral del espejo (la proyección convergente de muchos espejos en una simplificación acuciante) es la transparencia: cruzar, se cruza a este lado. A éste. Éste. Vive la trance. ¡La trans, la trans, la transmisión!
Pensando en Lautréamont, precisamente, y su proposición de una imagen capaz de vincular en forma impensada (procurar un encuentro entre realidades), afinada luego por Paul Reverdy y acrecentada hasta más allá de la deformidad por los surrealistas, puede notarse que en aquellas imágenes verbales donde “pasa otra cosa”, se pasa, en efecto, a otra cosa, dándose, por cierto, la suspensión de las ulterioridades, tanto como, más obvio, de las preceptivas. Juan provee una posible figura analógica: “el viajente”.
Hay un cuerpo de ameba recreándose/ en un medallón heredado: la inquietud que no permite aflojar el trote desigual de las entrevisiones, ni “rebuscadas” ni tan “buscadas”. Las imágenes emergidas a la nata epidérmica del poema “traen” la entrevisión, es decir la imagen irreductible, intraducible a códigos de interpretancia (o ulterioridad). No son, por ello, imágenes de (o contra) lo habitual, habituadoras, ni “el estupefaciente imagen” del impacto compactador, sino la concentración, escurridiza, siempre principiante, confiada inquietud, devenir posibilidad. Nótese que no sólo de procedimientos hablamos.
En esta insignia, ya sin signos, me amuleto. Ameba maga, lo confieso, me recreo: ¿en el goteo gótico, geométrico gateo? Aunque son geometrías sagradas, curvadas, las que disponen nuestro gesto.
Y es en ese gen orbital donde el músculo se ejercita, porque no hay agendas en la conversa microbiana. El cristal que nos guía, psicopompo, es un grial fundido.
¡Transparente copa
de luz trans-aparente,
nos vuelvas tu gotera de loas
o liebres de rapiña:
gondoleros o boticarios
de larvarios porvenires!
Salzano escribe puentes colgantes: mientras “me amuleto” hace pie en Muletología, Ameba maga anticipa el título de su siguiente libro, todavía inédito. Y se recrea, Juan, en los larvarios porvenires. Incluso aporteñado (con “tintos de verano”), un reojo reo se destila. Se refila, sin embargo, en cuanto cualidad irónica —en el sentido romántico del término— más que en “el sentido del humor” (prejuicio pequeñoburgués equivalente al “buen gusto” u otros supuestos “por el estilo”).
Pues no hay chiste en ¡Afrodictum! Lo que subsiste es una gracia. No se consigna en el poema una sola categoría del ser, sino que, naturalmente, sin conflicto que divida, propicia la unanimidad, esto es el enlace parasimpático entre el gesto y la transmisión. Lo visionario hace al medium, pero éste, así como no viene a confirmar preexistencias, tampoco se representa investido de atributos. Suelta investiduras.
En sus aparentes afirmaciones, combinatorias como de piedras molidas a satisfacción de una mandíbula anímica y batiente que descomuna, habita, de todos modos, el vértigo. Reír-mordedura: visionaria es la desimportancia. El medium no opera mediante, no establece mediaciones que pudieran reparar lo irreparable, sino que habita lo intermedial. Sale de los debates y combates del yo (morales de las contramorales) para ampliar, en vez de reducir, la sensación de ser, a través del lector, si se permite, sin protocolos, la consonancia.
En ¡Afrodictum! la risa articula antiguos recursos de la comedia, los teatros de sombras y marionetas, la payada y la payasada juntas, la ventriloquía espírita donde los elementos y las sustancias van (vienen) concurriendo a un entredarse, hasta el preciso desenlace, siempre y cuando la sucesiva aparición nos haga la gracia, traiga esa particular unanimidad al temblar. Ese temblor es la señal de la poesía. Temblor “anterior”. Reír en cierta veta sincera, entregada a la rotación de los motivos sin ya exigirle explicaciones o reclamarle unívoco destinosentido, aun con la gravedad basal del entonar, a su modo alínea desencuentros, desagravia hitos, desacelera incluso, desprejuicia.
También se prende la estela del fuyir del huitivo, es decir el urbanita capaz de desbrozar, de taquito, la jungla de fantasmas en que consiste, a veces, su ámbito de residencia, su permanencia misma en el tejido social y cultural en tanto límite a su sensación de ser. En ese rebotar contra el cemento armado y las demás armas bien sabidas, de todo calibre, el flaneur baudelariano ha devenido articulador de esquirlas capaz de potenciarlas en un nuevo cuerpo vibrátil, recuperadas a la sensibilidad mediante la magia combinatoria. En la mezcla, en ese mestizar las cosas sin intención estricta, sino como práctica incorporativa, se alínean las fulgurantes velocidades y los resonadores volúmenes del bajorrelieve de Salzano.
Pero los materiales, a diferencia del típico bronce o el mármol, incorporan todo tipo de restos, sin jerarquizar de antemano procedencias o influjos, devueltos a la conjunción mediante inusitadas combinaciones, en la espira gradiente del poema. Son —quién sabe— aun más deleznables: “vienen” con todo tipo de envolturas, orgánicas e inorgánicas, con marcas. Ojo Escher, reojo Aleph; intermitencia del deseo por un punto de ensamble; quizá punto gris Klee, quizá ojo cíclope, uno y trino, del espía interdimensional. También la mescolanza, honor a un cocoliche residual, inmigratorio, irrigando “por detrás” (transitalia, apuntala Juan) el destilado.
Trans-hilvania, que hilván fue a los rumores de marejada —¡desembarcan los parias! ¡desembarcan!— llegados a ninguna estepa.
En suspenso prolongado respira el Islote aéreo, que bastardo fue vendido en oblación a un conde sin imagen (ese vamp que piró): de un nóctulo quizá la bitácora llameante.
Si viene risa en la poesía de Salzano, habrá algo más que ganas de hacer reír o de dar a “alucinar”, inclusive, dada la preeminencia (no el cliché) de los semitonos visionarios. El “juego de palabras” no sería, por esta perspectiva, algo para tomar tan a la ligera. O más bien: que haya ligereza, bendición a su modo que desatasca tanto de la seriedad como de las serializaciones anímicas. Ligereza que no se opone a gravedad.
El quid consiste en que en ¡Afrodictum! no hay una sola indicación, un solo guiño, que nos permita saber con exactitud dónde reír y dónde más bien no reír. Apela, de esta suerte, a nuestro trickster interno. Nos tiembla la membrana de la voz, en el sentido de la máscara intra-extra-transmisora, máscara que está debajo de la cara. Lo intraducible.
Nadie va primero en este segundo, salvo la salva reptílea que nos pasea los poros. La payasada que invocamos es de lava: de este fueguino lago extraemos lagartos o hadas, payadas frías como la brasa Gótica que nos ilumina de a ratos.
[…]
Percibí esto, astral vejiga, hojeá lento esta rápida huida: tamaña hazaña nos obsequian los apetitos. Es tu densa micción la que convoca nuestros clavados.
Oh riachuelo embrionario de las decantaciones nebulosas, tu faz es nueva en las vísperas de este nado. Un salto y ya los peces nos lustran los cráneos, mientras transitamos como pirañas la ducha celular. Los inéditos terrunios esperan su turno como pacientes hieródulas.
Por entre “los inéditos terrunios”, el trickster mantiene aspectos cambiantes. Se caracteriza por carecer de características estables o continuas. Sin embargo, en pie de intermitencia, cuando resurge a las formas escritas, no deja de ser una voz que no habla, no perora, no confirma, no proyecta. Voz que es agazapada o desplegada escucha. Según la ocasión, actúa. La escucha, por el detalle —la pasión está en el detalle—, ella también, “paciente hieródula”. No es por anteponer una vozarra meramente mediadora que ¡Afrodictum!, exclamativas y todo, se deja llevar o se lleva, más bien, por las giratorias de la entrevisión. Porque ya no habría más “eso”, el lector, sino otro medium, si se escurre de su escrutinio y monta la alfombra voladora del textil, afuera: acá, en ningún lado.
El segundo o tercer personaje de cada uno empieza a leer encontrándose con una franqueza de otro sesgo; por eso emerge, porque ¡Afrodictum! pone sobre el tablero, o ante el mordisqueo de qué otro ojo, la precisa ambigüedad, recordándole al cuerpo el pasaje de múltiples cenestesias. En ese deslizamiento que no es ya frío ni calor, ni absoluto grave ni leve, no falta —más bien la propicia, inciensa— la plasmación autoparidora de la lengua poética. Sus imágenes, que juegan todo el tiempo con el discurrir, hilván entre retazos de diverso género (patchwork para un textil propiciatorio de translectura), no son sin embargo pasibles de verse mandadas a discurso (¿y ya no a paseo?).
Será por eso que “el misterio estalla a la luz del día”: estrelliolos de letras en un espacio sin bordes, el cual ondula auroralmente el lenguaje. Juan se sale, en su libro, del recorte cultural, de “la época”, y en ese desmadre, también, con sus mapas de juguete, hasta del propio libro, en que puede percibirse netamente la gama de intenciones anímicas a que induce —translírica— la entonación.
Insomnes que paniculan la noche, los engarces equinocciales que profetizan las arenas;
Insomnes que alinean los poliedros de las playas desnudas, y jinetean, áureos, el subátomo que nos urde;
ultérrimos Insomnes de morada reciente, que avivan las fraguas y aspiran las aguas, que sintonizan el soplo en donde anida la sísmica osatura;
¿Cuánto hacía que no se escuchaba un tono así? Un tono con una carga imagética y resonadora como éste, parecía extinguido en la poesía más o menos coetánea desde algunos poemas de Enrique Blanchard, o, todavía antes, Francisco Bendezú y otros hondos manieristas de la escritura mestiza. Es como si, en cierto sentido, se hubiese avergonzado la gente poetizadora, “vergüenza ajena”, ante la ausencia de vergüenza a la hora de cantar celebratoriamente. Celebrar, se entiende, más acá de los objetos, de los depositarios, de los cóncavos incluso dispuestos a la incubación de las antiguas resonancias que el poema, de pronto, aroma de otro lugar, furtivo trae.
Celebrar que es ligereza de cascos ante lo sacerdotal o mediador y gravidez de intento sanador ante el descuido malditista. La entrevisión pasa por una falla inhumana. E insistamos: el medium no es el mediador, sino el que presta su carne para el escalofrío y la cosquilla, con lo cual, a su vez, no prefigura sucesos ni añade un sucedáneo a los depósitos del inventario.
Se va diluyendo, de a poco, el hasta no hace mucho sólido prejuicio respecto al lirismo inspirado, no disociado, según la binaria categorización de las neuronas-espejo que nos caracteriza en lo más autoritario de nosotros, lectores de y en cualquier caso y cosa. Esta poesía de Juan Salzano es parte de una nebulosa de poéticas coetáneas que se están volviendo a desprender de ciertas tajantes separativas establecidas durante el auge de varias décadas de las poéticas populistas. Entre otras no menos tajantes: lirismo/antilirismo, poesía/pensar, sentido/sinsentido. La amistosa capacidad de hacer sonreír, mediante el poema, no morigera para nada la línea basculante que nos coloca fuera de umbral.
El libro adquiere, por momentos, aspecto de un juego portátil pero esquivo cuya dinámica no se fundamenta en un reglamento, por eso: hojeá lento esta rápida huida, o sea no te atasques en las primeras impresiones, sino más bien seguilas todas, que todas y cada una de tus impresiones, durante la lectura del poema, te serán favorables, para la pronta restitución de las corrientes conectivas.
Se puede estar atento con los sentidos invertidos y aun en la inversión de los sentidos preexistentes. El preexistente, y no el “yo” o el “ego” “en tanto identidad” (como si, a fin de cuentas, con tanto cacareo alrededor del “yo” realmente hubiese algo, allí, que pueda seguir siendo negado y renegado) es lo que ya no se fundamenta. El poema no tiene fondo. Hay un obstáculo perceptual en la asignación, cuando no atribución, de poderes recónditos, no menores preexistencias, a lo que en verdad, de por sí, consiste, desnudamente, en una potencia incalculable, ajena por completo a la voluntad predicativa del “autor” u otras representatividades, sean las de lo libertario o cualquier otro rellenado del muñeco.
Mientras, el propio medium sabe, suba o no, su Torre de los Panoramas. Un salvaje (“que no se puede salvar”) deambular, a solas, por intersticios o paralajes intermediales, no siempre plácidos ni risueños, cuya escritura exigirá una puesta corpórea que no sólo renuncie al “yo” de la identidad consabida, sino a la consagración misma, a la voluntad de oficiar de sacralizador (o sacrílego) vía la lengua poética. (La cual no sabemos, todavía, qué podrá ser.) Lo inconfundible es el resplandor de una escritura desde la entrega a una actividad, o más bien una acción, sin metas ni garantías. Acción que no está reaccionando ante alguna cosa o estímulo, cuyo arte incluye la posibilidad de desarticular toda defensa. Una transparencia ahí, en ese deseo diamantino. El diamante corta el espejo, abre un río. La torre no es una isla o, en todo caso, en las islas se afina la intemperie.
Se puede uno encontrar, de tanto en tanto, con voces cuyo entonar nos pone ráfaga, el punto semoviente de percatación. Pero ello, no está de más decirlo, se roza a través de un accidentado transcurso, pues, aun si hilandero de fugas, se “sabe” que se está todo el tiempo conversando con la muerte. Con el paréntesis.
Es aquel factor innominado (con su desafío siempre pendiente: mover el punto de encaje) que señalara Castaneda en El conocimiento silencioso:
La otra parte, la que me interesa es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, importante por su misma simplicidad que determina nuestro destino.
Cierto es que Salzano mantiene fresca una reserva de lumbre potable, regeneradora energética (mientras escribo esto, a las seis y media de la tarde de un jueves de primavera, oigo cómo el viento, a través del cedro y por la ventana abierta, trae un oscilar del sonido de una flauta dulce, quizá una quena, el músico seguramente es un niño, o una niña, envía un entrecortado pentatónico, parece provenir de un tiempo y ocurrir en un espacio inabarcables para la memoria y para la intuición, no proviene, siempre estuvo, oigo; la sincronía no debe ser gratuita.
Escribo esto y panicula Pan, mensajero precolombino, morador de por debajo de la corteza cerebral, medio mono, medio felino, medio pez, medio anciano, medio feto, medio medio: ¿cuántos mediums para lo que nunca estará completo, unido a no ser por la reunión, elemental, digresiva, deleznable ella misma como los fragmentos que arman, completamente, otra coordenada espaciotemporal?).
El toque visionario, el acento profético (aunque no transporte vaticinios), propio del mestizar, de la latencia informal que se prodiga en (y de) todas formas, para no quedar retenida en ninguna, sobreviene tras la implosión de esos signos exclamativos con que Salzano Juan estira, verticaliza el paréntesis, ectoplasma, absurdo concreto y por ende abstracto contento de nombrar, ya desde el título, primer anillo de la sierpe o guirnalda (algo festivo, en esto) de miniaturas.
Hay un esfuerzo implicado pero no una resignación. Lo que se abre no tiene filtro, salvo el oído interno, nuca ubicua. Ningún dedo admonitorio, ninguna indicación de libertad; ¡Afrodictum! se va librepensando a medida que se pasa la página, por la que pasan los reojos y las sotto voces y el odumodneurtse que un Vallejo nos plantara en ese oído, el de la segunda atención, capaz de mover el punto de encaje.
Algunos pueden llamar alucinación al efecto de realidad ampliada, siendo de hecho una de las posibles “utilidades” de la poesía. Sería posible, para no asustar a nadie, remitirlo a la ampliación de nuestras capacidades objetivas, incluyendo la capacidad de percatación. La lengua poética no se habla, es inminente su estado de gracia. Su juego, como una ideación de Xul Solar, se consuma a medida que se va inventando y en esa misma medida se renueva. Cambia con los jugadores.
Porque es objetivo el deseo. Única pauta estable, quizá, en cuanto a la persistencia de su incitación, su impulsar; después, de tanto, habrá un juego como había una gracia.
Que el poema, todo ello, sea una risa. Que muestre la hilacha como la dentadura de luz negra y se confíe, flujo al fin, a la segunda atención de la lectura. Para —cómo, si no— afrodicha nuestra: sin remanencias pegajosas de desdicha en lo “poéticamente” desdicho ni aureolas de letargia que supuren lo “convencionalmente” contradicho.
La escucha quizá acontezca por el explorar deseoso de insignificancias así.
Y el hombre-rana emerge Neptuno de la espuma volatilizado de escamas, del cinto goteando las medusas y de canto las estrellas. Emanaciones, muden lo que muden atributos, donde explorar, más que cualquier particularizable exploración, no constituye dominio ni persigue finalidad. Excepto, quizá, el encuentro, esa variable de modificación sustancial. Es desde el encuentro entre realidades —hasta las que parecían irreconciliables— en cuanto dinámica de ensamble de planos de percepción, de andariveles y dimensiones, que el poema, manteniéndose impredecible aun después de relecturas, vía la entrevisión verbal continúa acrecentando, después de escrito, sus capacidades de influjo y resonancia.
¿Y lo sagrado, a estas alturas, en qué quedó? Las periferias aparentes, los rincones menos buscados, los vericuetos inesperadamente sincrónicos, los caminos que no se pueden seguir, los caminos que nos siguen, que nos van inventando, modulaciones ex-machina, con el vértigo risueño que nivela las resacas, las vueltas de la esquina, el parpadeo de los Cárteles y los protocolos del Hablá. ¿Cuál “sagrado” (cuál Real), en la medida en que
El poema, o eso que aún insistimos en así llamar, prosigue el movimiento aunado al impulso, atractor a su vez, aunque el ojo del corazón no se entere. Puede, de pronto, no ser un nudo el corazón. La risa tiene gravedad pero, como el agua, es conductora (del trazo de la voz).
Siendo el percatarse intermitente y la transmisión continua, no queda otra que pelar escucha. El poema, des-dictum, frizz, afrodito, disíaco parafro, muestra unas cuantas extremidades que avanzan, curiosas en simultáneo, hacia puntos distintos. Lugares y no-lugares. Yoes y yonoes.
Deje de rondar el olor rancio del futuro.
¡Ahorigen!
Ya te espían por el oído: una jeringa laxa, una galaxia de jergas. Cable afiebrado transmitiendo las sobras del canto, la nota tuerta: puerta breve hacia los sones.
coghlan, 17 al 19 de noviembre 2011
¡Afrodictum!, Juan Salzano, Allox, Colección transeuncia, Buenos Aires, 2011. Ilustraciones de Vicente Grondona, prólogo de Roberto Echavarren. www.alloexeditorial.blogspot.com, alloxeditorial@gmail.com
2 comentarios:
nuevo sine qua non la simplificación
la union bell ahoriginal que nos convoca
la hipersofia angelical que nos des-cyborga
el rayo de tiniebla
que libera de la torre de juana la loca
yo quiero la ignorancia que me toca
(¡que me toque, que me toque, que me tooooooque!)
la con/centración áurea no meu estoque
como flor de enroque, el quinto humor
el corazón del bombón
caliente de tan helado
o corazones como gong-bones ¿ricos-sabios?
puede ser, pero de ser cierto: de ahí res-ur-rectos
(y también no tan rectos: algados
o helechos)
lo sagrado que hay en la vid
será esa materia prima consagrada al giro
(o cómo hacerse una per-sun-all-I-tie)
yo digo
también celebro coribante. Dictum:
la huida lenta del medium mortuus
rei nando sobre las cosas
el humorhesus que humea
de lo que resplandece diré que finalmente sea paga
un diamante pide dos veces
afrodiamantinamente hablando
no importa
johny: be good. ¡Albrisas de hoy y siempre!
para-afro-disíacamente y por suerte
habbemus dos orejas y verbal boca soluna
gracias, Coca, por el jugueteo...
XenoX
Publicar un comentario en la entrada