16.11.11

LETRA CHICA E INTERVENCIÓN POÉTICA (49)


detalles de una pintura de gabriela giusti



PALABRAS-ALMAS ANTE EL ESPÍRITU DE INCONTABLES LATIDOS

(A partir de Josely Vianna Baptista y su Roça barroca)


(a)

Mesmo se eu cantasse

Todas as canções

Todas as canções

Todas as canções do mundo

Sou bicho do mato

Legião Urbana


Difícil hallarle término equivalente en castellano al vocablo portugués roça. Antes de consultar los diccionarios bilingües, se me hace inevitable pensar en la rosa, su linaje hermético, así como meditar un chispazo en el roce. Esa modulación veloz del contacto que es rozar —es decir rozarse, guste o disguste, pues implica necesariamente una reciprocidad— cuyo apenas de levedad no siempre llega a eximirse del ser intenso de muchos cuerpos, que nos incluye.

Para quien leyese, en portugués brasilero —o sea, ya en penumbral— desde o en el castellano, estas resonancias por estratos podrán ser, por lo menos, migajas de reminiscencias. La fuerza del adjetivo, desde el frontis de Roça barroca, permite por cierto advertir un rumor entremezclado de ancestralidades. Un murmullo posible, una transvoz. Situación, la del arrastre de resonancias, de la que tampoco imagino exentos a los colegas lectores en lengua portuguesa.

Si en el entrelazo verbal ningún detalle es de menor cuantía, hasta las terceras o cuartas instancias cuentan, pueden contar. Lo inminente del título de este libro de Josely Vianna Baptista, no apenas brinda una pauta formal sino un primer diamante: una roca de ofrenda también viene implícita, tras latir el cristal de las transparencias que el innúmero nombre convoca (estrella en el ser-de-cielo). Se puede llegar a entrever, en esta Roça, un libro de involucramientos con el pulir ese diamante de cada día, cada nombre.

Pues, ya en sus adentros facetados, la lengua inaugural anima al poema incantatorio: la cualidad es de oración. Fraseo del rezo y mantra del cóncavo receptivo. De pronto, la lectura deviene sustain (sostén y sustento, duración en tanto detenimiento en la escucha que hace al reverbero, gestando en lo poroso el estar). Simultáneas recolección y redispersión de semillas-signos. La acción poética consiste en un agradecimiento que salta de protocolos para gestar el hecho inspirador:


Por haber recibido la lumbre

divina del propio Padre primero;

por haber recibido la fuente del habla;

por haber recibido la fuente del amor

y las hileras de palabras del sonido sagrado;

por estar unidos al origen del saber creador,

también los llamamos

inspirados padres verdaderos de las palabras-almas;

inspiradas madres verdaderas de las palabras-almas.


“Danza de pajelança”, dice Josely. Añadamos: acción llevada a cabo por el pajé (en tupí, sanador). El canto dispone al contacto con entidades no-humanas con un fin preciso de sanación, desatar nudos, convocar los estados intermedios. El “ligero trance” del poema contiene, preserva y difunde el hálito de muchas voces aunadas. Es la donación del gesto de integridad al seno cóncavo de un espíritu abarcante, sin dimensión fija, y sin embargo “recordándole a las astillas su fragancia de madera”.

Vía el pase-entonación, con efectos somáticos y anímicos, química pura de las palabras —la mano franca aunque recóndita del pajé al otro lado del textil, del que se y nos percata antetravés la trama, nos encuentra desnudos, materia habitada, en plena fuente inspiradora. ¿El poema que genera la transvoz no sería “la sed que calma a la fuente”, percatación de lo real, por ende del verbo, mediante el registro en acto del hecho inspirador? Entonación, puesta en tono. Afinar por el oído interno la voluntad.

En cuanto al barroco de la roça, de hecho, el libro se alínea con la centenaria disponibilidad —mestiza— del embarrocamiento, que hace pensar en la mezcla que representan tantas pinturas virreynales, no siempre anónimas, como también en chapas mexicanas de hojalata pintada, exvotos, ropa emplumada, sigilos turbulentos, alto contraste. Y una flor barroca es un sagrado corazón. Una espiral que despetala sílabas. Sangres para ese delta. Los ríos en las palmas que se hunden en el humus. Lo atestigua el antiguo cantar. En toda su elemental opacidad la tierra resplandece.

Sin embargo, y para ser cada vez menos estricto, el vocablo roça alude a una puntual intervención, en todo sentido terrestre. Además liga, de inmediato, al civilizado urbanita o hipócrita lector de su diccionario, con una región específica del planeta. El término portugués pasa a tener, en el Brasil, una acepción especial: de alguna manera se funde con una experiencia de la tierra, anterior al “Brasil”. Selvas, florestas, forestas, junglas, jangales, boscajes, espesuras, montes, frondosidades. Más plantas y bichos que personas. Y, desde luego, completamente otro cuerpo. ¿Qué será desnudez?

Ámbito físico y sin embargo aurático, donde, interacción necesaria, la voluntad humana propicia lo inhumano, lo cultiva. La roça es el poema que es el canto que es la voz que es la acción terrestre por excelencia que contacto, corpóreo, elemental. Claro en la fronda, destinado al sembrío, abertura voluntaria entre la vegetación tropical. Lugar para la plantación, surtidor del alimento. Donde la necesidad crea fluir, un fluir de persona a persona, generación en generación, sin predestinación, sin otro destino que el origen.

Augusto Roa Bastos en su prólogo “Catecismo de la belleza”:


Ayvu es, entre los Guaraní, el lenguaje humano, tanto el sonido como la evocación mental. En el canto Ayvu rapyta el poeta, mago, mistagogo, profeta y celebrante revela que el primero entre todos, el Padre Ñamandú, “con el saber contenido en su ser-de-cielo/ y bajo el sol de su lumbre creadora,/ se iluminó la fuente del habla,/ y la hizo fluir por su ser, divinizándola”. Desde entonces, la palabra será sagrada para los Mbyá-Guaraní por ser parte de Dios. Ultrajarla mediante la mentira es una blasfemia. Entre los indígenas, dar la palabra es dar el alma. Ellos no entendían cómo un simple papel trazado con signos y tinta podía tener más valor que la palabra dada. Todavía hoy, gente del campo considera que la palabra empeñada en una promesa es más fuerte que mil documentos. […] ¿Qué nos parece decir, como en sueños, el profeta-chamán? ¿No está dando testimonio de la prevalencia de los sentimientos sobre la solidez contundente de lo que es material? Primero crea el amor y después la tierra donde cultivarlo. En estos tiempos duros, de relativización de valores, hace bien echar un vistazo a estas culturas antiquísimas que la civilización silenció, tal vez sin querer, como parte de la estridencia de nuestros avances.


Entre los habitantes originarios, nómades de circulación espiralada, de las selvas sudamericanas, la roça implica la reserva energética que palia la necesidad, es decir la base: potenciación convergente, punto axial. El mismo que se encuentra justo donde las dos estacas de la equis eclipsan la cruz de la tachadura. La brecha va por el intersticio. Por la ranura se anda de a pie. El conteo de los pasos es el cuento y la cuenta en el collar. Las almas-palabras transmigran simplemente de ser en ser, abriendo brechas, canalizando potencias y alineando a quienes cantan con quienes van enhebrando la escucha. Son incontables los latidos.

No otra cosa ocurre con el canto-alma —que cobra vida en la vibración de la voz interna, la cual entona el verbo— que, al propiciar tal encrucijada, funge a favor de la supervivencia, no sólo de los seres concretos y sucesivos, personas como irrepetibles facetas de un milagro sin fin, sino de su espíritu colectivo.

Entre las notas que intercala generosas entre los paneles corredizos de su díptico libro, Josely Vianna Baptista señala, como factor cohesivo entre los Mbyá-Guaraní, en tanto animadora del espíritu común, a la reciprocidad. Se dan los frutos porque unos han sembrado y otros han plantado, para usufructo de los que vinieren, para que pudiesen venir. Y así se inscribe la comunidad, sentido de pertenencia al espíritu común a muchos cuerpos, mediante una transparencia por estratos.

Algo, esencia de esa (e)moción primordial, está contenido, aunque explayado, en este libro que a su modo plantea, y practica, retorno, la temperancia. Cuyo poetizar indispensable es a la vez transcreación (vía la reversión en “3 cantos sagrados de los Mbyá-Guaraní del Guairá”: “esas palabras pronunciadas por un desconocido cacique a León Cadogan son nuestro patrimonio común”, según Roa Bastos) y recreación, en “Moradas nómades”, a pulso, de ciertos eventos o bien determinados detalles, relacionados con el colapso, en sostenido auge, de nuestra tragedia. Precisamente el recorte, cuando no el despedazamiento, de todo espíritu: bajo la noción “América”, recuperada para su transfiguración, así, en tanto concepto no sellado, en movimiento.

La belleza intacta de los cantos guaraníes, epifanía y destello quemante de la otredad, se alea, en páginas límpidas trabajadas por estratos de transparencia, con la conciente voluntad, no menos epifánica, de la incógnita de un destino colectivo reverberando, antes que trama problemática, urdimbre del canto. “La fuente del habla”:


Ñamandú, nuestro Padre verdadero, el primero,

de una pequeña parte de su ser-de-cielo,

del saber contenido en su ser-de-cielo

y bajo el sol de su lumbre creadora,

propagó el fulgor del fuego y la neblina que da vida.


Incorporándose,

con el saber en su ser-de-cielo

y bajo el sol de su lumbre creadora,

se iluminó la fuente del habla.

Con el saber contenido en su ser-de-cielo,

y bajo el sol de su lumbre creadora,

nuestro Padre iluminó la fuente del habla

y la hizo fluir por su ser, divinizándola.


Antes que la Tierra existiera,

en el caos oscuro del comienzo,

todo oculto en sombras,

Ñamandú, Padre verdadero, el primero,

propagó la fuente del habla y la hizo fluir

por su ser, divinizándola.


Cuando y donde la poesía pareciera local y temporariamente destinada a sostener o ilustrar discursos, o a contrariar estructuras coaguladas, Josely Vianna Baptista recupera, para las posibles poéticas coetáneas, aquel hilo, para algunos de nosotros sagrado, del cantar. Pone en juego, delicada incisión, en tanto hacer propositivo de la lengua poética, una labor de larguísimo efecto, y, por lo tanto, mucho más subversiva, quizás, que meras reacciones emocionales o contravenciones a las leyes de opresión.

Ningún espejo en funciones sino aportar calor, vía las palabras-almas. Palabras en busca de integridad, una ética de lo posible capaz de reciprocidad: disparar la flecha de anticurare, acercar, por resonancia, aquel sussurro ancestral de la voz guaraní, atravesando los enrejados de circunstancia así como el supuesto peso definitorio de los hechos legitimados en tanto históricos.

El canto, entonces, para una inmensa desmentida. Retornar a la voz que, por eludida, por verificada en el prejuicio Periferia, no dejó un solo instante de decir. Porque, repitámoslo, se trata de la voz encantada-encantatoria, en su devenir naturaleza del canto. Ahí donde la poesía habla, perora, discurre o simplemente expresa, Roça barroca continúa cantando. Hace un hilo con la voz. Materia que conduce, como el agua, y que entrama, como el humus, para una experiencia, no para su alusión. El canto anterior al género literario.

En otras páginas, apuntó Douglas Diegues:1


El arte de la palabra, o musical, o ritual, de los Mbyá-Guarani, una de las etnias de la familia lingüística tupi-guarani, acontece fuera de los límites del arte y se confunde con la propia vida y con una religión propia de la palabra. No hay distinción entre arte y vida, orar y cantar, danzar y orar y cantar en el mundo Mbyá, así como no hay distinción entre palabra y alma. […] En Mbyá-Guarani, palabra es sinónimo de alma. Ése fue uno de los grandes descubrimientos del antropólogo paraguayo León Cadogan. Perder la palabra es perder la propia alma. Cuando la palabra abandona el cuerpo, éste desfallece. Cuando el cuerpo desfallece, la palabra lo abandona y vuela al origen regresando al futuro.


La voz encarnándose ante el escrutinio del lector, que ya no encuentra confirmación alguna en lo escrito y que, por eso mismo, puede sumergirse, de desearlo, en la fuente insaciada de transparencias. JVB ha logrado activar una fiereza mediante la lumbre conectiva de su escritura aireada, es decir habitándose las letras con su antigüedad, sus resonancias-hiatos en el arrastre sin detritos de la lengua confluyente, espesada, “barroca”. Pero en el sentido del manglar, jungla de signos entredándose como lianas respiratorias. Espacios inconclusos (aura visiva o materialización sonora) como la conversación natural, intercambio de formas vivas.

Nada parecido a una síntesis; sin embargo una anonimia condensadora, una latencia basculando con una eclosión. El germen anterior al mito. Antes del molde del germen ya germinado. La voz en germen. Y en su paradoja de ser escrita, hacerse a la sorpresa de quien no pierde el hilo y enhebra energías. Una acción sanadora, cuyas raíces se desplazan por una foresta que no es divisible (el poema, mientras nos canta al oído interno y se nos prende, se torna experiencia, se des-predica).

Raíces del espíritu de muchos cuerpos. Nada más lejos de la noción de propiedad intelectual que la reciprocidad: la lengua en tanto don, en frutos más incalculables cuanto cultivos entreverados.

Si la predestinación es siempre entrópica, el canto es el recurso a la voz conectiva, una integridad colectiva que se sitúa por fuera de la masa o del pueblo nacional. Salta incluso de nuestra interpretación de la tribu, de la comuna, de la manada humana e interhumana: enigma como germen activo del alma-palabra que, cuando nombra, no designa, invoca.


Habiendo aflorado la fuente de la palabra futura,

con el saber contenido en su ser-de-cielo

y bajo el sol de su lumbre creadora,

de sí fue aflorando la fuente del amor.


Habiendo aflorado la fuente del habla,

habiendo aflorado un poco de amor,

con el saber contenido en su ser-de-cielo

y bajo el sol de su lumbre creadora,

el principio de un sonido sagrado él, a solas, creó.


Antes que la Tierra existiera,

en el caos oscuro del comienzo,

todo oculto en sombras,

el principio de un sonido sagrado él, a solas, creó.


En este sentido hablamos de un cantar epifánico, que sitúa su línea de flotación, no en una utopía, un porvenir-a-ser, sino en una encarnación del verbo vía un presente dilatado en la oración. Siendo rezo incantatorio, conjura el canto, porque capaz de hacerse inclusivo, se abarca en lo arcaico y nos muestra su fuerza potencial, su proteica actualidad. Pese a los difundidos signos en contrario que el reinante pesimismo, incluso apocalíptico, funcional a un sistema de vida, remarca como lección de lo inexorable.

La sola tarea de traducir, en la que JVB es eximia, es decir indagar e intentar comprender, y asimismo transmitir, esa energía intacta de los cantos arcaicos que no sólo “nos hablan” del comienzo del mundo sino desde ahí, desde ese punto interdimensional, prehistórico, de efecto espiralado en la percatación sensible, rotatoria, de los signos, refiere, por cierto, que ese comienzo, o ese ininicio, es continuo y no ha concluido.

Alineamos, al cantar, durante la escucha misma que hace a la posibilidad en sí que es la resonancia, siempre en los comienzos, en el caos oscuro del comienzo por cuya desnudez nuevas-arcaicas formas del canto nos sitúan en la perspectiva de un devenir que no responde a imperativos económicos, estratégicos, linearmente estéticos, lingüísticos inclusive. Devenir-colibrí. Florecer la letra.

Tocar con la voz del espíritu común para el enlace incantatorio. Enhebrar con el hilo de la voz los oídos anillados, eslabonados ahora por el entrelazo rítmico, respiratorio: orgánico semoviente. Escuchemos, en veloz versión, algunos trechos del (cada vez menos remoto) entrelazo del rezo primordial:


Habiendo aflorado, a solas, la fuente del habla futura,

y desdoblado, a solas, un poco de amor;

habiendo creado, a solas, un breve sonido sagrado,

él reflexionó largamente

sobre con quién compartir la fuente del habla;

sobre con quién compartir el amor,

con quién partir las hileras de palabras del sonido sagrado.


Después de mucho meditar,

con el saber contenido en su ser-de-cielo

y bajo el sol de su lumbre creadora,

se desdobló en quien reflejaría

su ser-de-cielo.



(b)


Todavía está haciéndose este mundo, porfiando su lugar, acomodando aquí su más allá, cayendo con los barrancos, los árboles gigantescos asomando en las islas que hoy duermen aquí, como el renaco, y mañana despiertan lejoslejos, y en unos instantes nuevamente se pueblan de plantas, de personas, de animales. Para ver y entender y nombrar un mundo así, requerimos hablar también así. Un idioma que decrezca o ascienda sin anunciar, boscajes de palabras que hoy día están aquí y mañana despiertan lejos, y en ese instante, dentro de la misma boca, se pueblan de otros signos, de nuevas resonancias. En castellano te será difícil entenderlo. El castellano es como un río quieto: cuando dice algo, únicamente dice lo que ese algo dice. El amawaka no. En idioma amawaka las palabras contienen siempre. Contienen siempre otras palabras… […] Nuestras palabras son igual que pozos, en esos pozos caben las aguas más diversas: cataratas, lloviznas de otros tiempos, océanos que fueron y serán de ceniza, remolinos de ríos y de humanos y lágrimas también. Son lo mismo que gentes nuestras palabras y a veces mucho más, no simples portadores de un significado, de un significado que siempre es un significado solamente, no son esas vasijas que se aburren con la misma agua guardada hasta que sus personas, sus lenguas, las olvidan, se rompen o se cansan, tumbadas, menos que muertas. No. En nuestras vasijas caben ríos enteros, y si acaso se quiebran, si acaso se raja la envoltura de las palabras, el agua sigue allí, vívida, intacta, corriendo y renovándose sin parar. Son seres vivos que andan por su cuenta, las palabras, animales que nunca se repiten, que nunca se resignan a una misma piel, a una misma temperatura, a unos mismos pasos.

César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía


La roça, según lo inscripto, aquí es barroca. No se hace barroca ni ser se hace la barroca, roza las rocas de la oquedad conceptual para dispersar algunas semillas en el espacio de la preparación, de la percatación. Percibir letras mediante como en un braille aural donde la intuición tacta, en un reencuentro arcaico, no apenas arcaizante, no la acostumbrada chinoisserie del precolombino, la serialización indigenista del urbanita culpógeno, el exotismo per se: arcaico por el filo de la llaga, que no es subsanada pero invierte su condición estática, sana por contacto una magullada faceta de la sensibilidad (la cual, sabemos, no es unipersonal, aislada).

El precolombino de Josely es una risa del cuerpo, cuyos tatuajes son, sobre todo, interiores, interiorizaciones de la tragedia así como de la posibilidad. Cantar es un trampolín. El envío a la deriva de su insaciada sed. Sed que es de la fuente en la boca.

Cuando la escritura abreva en el canto, una conjunción de otro orden que, permitiendo sobrevolar La Cultura, desliga del peso meramente cultural de la “producción literaria” (serialidad de los productos poéticos) para remontar el acto de percatación por su cauce más informal, es decir su condición premórfica, aun más que metamórfica, continuo devenir en cuanto abierta posibilidad.

Y, para y por volver a “América”: aceptar la marca barroca (no una condición ni una maniera: una instancia en su persistir, una mezcla de cualidades pasibles de anticiparse o eludir las morfologías sustentadoras de La Definición; pero tampoco lo indefinido: una luz que emana de la letra, tanto la impresa del objeto-poema como la resonancia de la que proviene y se hace transportadora).

Marca, se podría decir, que asimismo es desleída, porque la poesía actualiza el origen, el cual no se escinde más de algún destino. En el empujón espiralado, al borde del abismo mismo que es la vida en transparencias, elástica tripa para el sonar de la cuerda floja con su ajuste vibratorio, se estira la voz como se traza la vida, en una instancia en que no hay destino posible sin estancia aborigen.

No siendo, por ser lectores (y en ello está todo dicho), mbyá-guaraníes, ni europeos en plan de colonización de un territorio, sino, cuántas veces, desterritorializados, por seguir aprendiendo a leer, cabe preguntarnos por la experiencia mestiza con que hacemos contacto, antes por reverberación que por propósito implícito, al ir tocando con los ojos las páginas de Roça barroca.

Patricio Marchant tituló uno de sus basculares ensayos en pos de la palabra desmarcada de toda Patria: ‘“Atópicos”, “Etc.” e “Indios espirituales”’. Dice, y entresaco al ras de lo que aquí interesa, la remisión a la mezcla continua que supone un barroco enraizado en la roça (o sea una marca, cicatriz de una colisión transformada en tatuaje semoviente, colisión recreada, actualizadora del origen en la mira de un destino que se cumple a medida que lo probamos):


¿Cómo puede el mestizo —para quien sólo la oscura relación de sus dos sangres le es clara— encontrar, un encontrar que sea de manera cierta, aunque extraña, un reencontrar, es decir, un “inventar”, la relación entre su tierra, su sangre y su lengua? […] Fin de la universalidad, voz occidental del hombre, en realidad, comunidad en relación de traducción o, como preferimos decirlo, “comunidades en traducción”. La traducción entre comunidades, la traducción al interior de estas últimas, no limita la comunicación; al contrario, la hace posible; diferencias y restos inasimilables que nos permiten, ellos y sólo ellos, comprender al otro, ser otros, dejar ser otros, otras, a otros, otras. ¿Cómo no darse cuenta que la tal “universalidad de la esencia humana” es sólo una invención del “racismo espiritual europeo”? […] La escritura —la inscripción en general— no existe separada de hechos biológicos, o costumbres. Ella se les agrega y, agregándose, les da “forma”, es decir, los hace “ser” y “ser comprensible”. Así, Latinoamérica, antes que surgiese su “propia” escritura no existía como “Latinoamérica”. Su escritura era una escritura de cronistas inicialmente, de “criollos” españoles afrancesados luego. Y aún más, en cierto modo, la “estancia” propia de Latinoamérica, en tanto su escritura no ha sido pensada, ni comprendida, esta América no existe todavía y perfectamente podría no existir jamás. Al contrario, los “etc.” y los “indios espirituales”, existen, de una manera visible y evidente. […] Los “atópicos”, por su parte, son atípicos.


Un precolombino activo. Un barroco precolombino equivale a un indio espiritual. No el remanido llenado de los huecos con que suele “entenderse” al barroco, en tanto instancia meramente estética, inclusive, sino la proliferación del vacío originante, de la latencia, mediante el ritmo, el entrelazo. No hay ya un proyecto formal sino una voluntad incorporativa, hasta de lo informe mismo, que la latencia, con incalculables latidos, invoca.

Por una trilla muy diferente, pero quizá complementaria, en el collage, lo que apuntaba Héctor Libertella en otro ensayo con título perentorio: “Introducción a la letra-heroína”. Apelo al contraste:


¿Antes de la Revolución Francesa y después de la Máquina del Futuro? En ese corte o herida está el eco de un terror medieval. Para un humanista dueño de la Historia (la de pasos sucesivos) este alto contraste puede producir un shock eléctrico o un efecto-escalofrío, una cosa muy antigua pero del futuro: algo anterior a él que lo pasa por delante.


Es obvio que la impronta respiratoria de los seres habitantes de Roça barroca poco tiene en común con el “trogladicto, trogodita agachado secretamente en su laboratorio del futuro” al decir de Libertella, aunque se toquen en la magnética instancia de una entrevisión. Ya sea desde el emblocamiento urbano de los sentidos como desde la confianza, de raigambre lírica, puramente, en cuanto a la eficacia de su método de desplazar la energía verbal mediante transparencias sinestésicas y simbólicas, opera en todo caso una esperanza de sentido más acá de significados significantes.

Las palabras-almas están más acá, son, encarnan, el más acá de cualquier dicción, canto, contracanto, contradicción. Además las palabras de los poemas de Josely (no hemos dejado de hablar un solo instante cerca de su influjo vegetal-elemental) son palabras extrañadas, puestas a la entreluz de sus ramificaciones influyentes.

En el segundo pabellón del díptico, “Moradas nómades”: mientras el desplazamiento aborigen es una espiral eslabonándose, enredándose, dándose a ese enredar, la instalación o la performance del colonizador, del cronista, del evangelizador (cuando no del extirpador de idolatrías) implica toda una contorsión, asimismo exilios voluntarios o involuntarios. Doble desterritorialización, que ha solido leerse, y con razón, nomás en el anverso de su tragedia, pero que también incita a atisbar, agora (ahora-espacio, ágora sin agoreros, sin agonía que no restituya el instante-aquí), el otro lado, el doble del rostro, el anverso que también es un reverso y un desplazamiento del universo. Una posible salida de la universión.

Se trata, en relación al funcionamiento, casi, del curso poético, inseparable de cualquier “recurso”, como en el habitar dinámico de un punto siempre presente, un solo punto por vez, de un avanzar sin trazado. Sin embargo en cada recurso patente, adrede, con voluntad de una cierta cualidad, calidad energética para el poema, para sus elementos-hilacha, como en una composición barroca, es cierto, pero desde una actitud transcreadora.

Un barroco, en cualquier caso, que no será “neobarroco” ni “tradición barroca”, sino incestuosa concupiscencia entre los mundos que se creían paralelos, un estadio de fusión, una evitación del ruido ambiental para saltar al ambiente del espíritu común, el alma-palabra. Para ello el poema abre un paréntesis, silencio con más de dos orillas por donde se vierte, como por un corte (brecha del desbrozar para la roça), haciendo pasar la maravilla incógnita, “esta infinita riqueza abandonada” (Edgar Bayley), de cuya sencillez alcanzada se destila la voz anónima, encarnando la arcaica luz del vate, que se deja trasducir:


ningún gesto

sin pasado

ningún rostro

sin el otro


¿Barrocos los paneles deslizantes de mimbres unimembres de las casas sobre palafitos tropicales? ¿O asimismo una composición verbal liberada de las crestas de la última onda, enraizando con todo en el propio desplazamiento de la ola? Tomando de su fuerza fluvial, inclusive, la escucha serena que permite proyectar, como en una pantalla por delante, la proximidad narrativa de algunas figuras, emblemas.

Hasta las palabras-almas pasan por estados intermediales. Se podría inferir de ello su condición o las bases de su incondicionalidad: una amplitud, lo que en otros términos podríamos, sin temor a demasiado forzamiento, llamar sentido, o posibilidad de sentido, o apenas (nada menos) posibilidad.

Si la reciprocidad regula las latencias en el espacio sagrado por sacralizado, por actualización de lo vincular con ese espacio o sus latencias germinantes, en el contexto de la desacralización, la topadora avanza, ella sí, por la ruta ancha de la codicia, como si se pudiese evitar lo que creemos que nos persigue, la muerte, para, en la producción general, también producir destrucción, jugar al aceleramiento de las partículas envenenadas, las semillas entrópicas.

Donde un poeta como JVB pone los acentos, se reingresa a la canción, que es el canto del desterritorializado, sin embargo reconectado consigo mismo en un presente que se reconoce a cada instante. Un punto que no está en el espacio sino que lo abarca. Un momento que no escapa del tiempo ni lo anula sino que constituye la eclosión incesante, presente continuo donde, como en el poema “ostro”:


sigo el sendero estrecho

entre verdes y prietos

que lo oscuro confunde

en la arboleda


veo, entre los tufos

el río turbio, su rumor

salobre entre arbustos

el hondo lecho

que desciende

lento


insectos secos

y estacas


en el filón brusco

en que los juncos

emboscan

ciscos y detritos

de nuevo encuentro

(sueño sombrío)

los círculos de lodo

en tus ojos

el contorno tosco

de tu cuerpo

sin nombre


(el rostro

un esbozo fosco

de barro y emplastro

de borra y mosto

—hibiscos

mustios

estambres

hematomas)


Importa traer a colación la variable a que refiere Josely, en relación al mito de la Tierra Sin Mal, interpretada por costumbre o lente como el Paraíso en la tierra, como surgido a partir del encontronazo con Europa. Al desplazar la palabra “mal”, con su connotación evidentemente importada e impuesta —es decir: sin inocencia— por los europeos y su dios único, su economía, su “pensamiento”, y poner, no en su lugar, sino en otro lugar, siempre, siempre otro, lugar-otro, una especie de signo de pregunta, más mudo que decidor.

Ahí se reencuentra la roça, la zona de reciprocidad, área de cultivo, eslabón entre las generaciones, punto de fusión que sería el espíritu comuna, espíritu colmena, espíritu delta. Ahí la Tierra Sin Mal vuelve a ser simplemente la tierra. La que no ha dejado de existir, incluso o mucho más cuando solo la pisoteábamos, la olfateábamos en jauría conciente y voluntaria en nuestro afán de arrancarle los frutos.

No el mal, sino el zumo oscuro/ que los toros maceran/ en el muladar de los/ fangos, atravesar la celda de los sentidos (como en el poema “ángel de la Cía. de Jesús”): una incubación y una liberación. La denuncia que hace el poema, él mismo macerado y soltado a su devenir resonancia (desde los ojos al oído agazapado del ancestral aun en el urbanita), está grávida de partos que no se han consumado y de gravedades que persisten sin visos de sanación (que el poema, igual, por desallanamiento de moradas, intenta, tienta): de la tierra del Brasil,/ pródiga en oro,/ malaria y minas/ de ánimas.

Algunos poemas cuentan retazos de historias, la colocación de la voz apenas conlleva rastros de una emoción autoral, aunque ello precisamente cree la ampliación referencial necesaria como para ver y escuchar, en las escenas. Teatro, así, en su acepción barroca: mostración del recurso, entronización del efecto, que aquí, más cerca de la raíz o de la latencia, alcanza la reversión de cualquier espectacularidad. Las escenas brevemente suspendidas, por contigüidad configuran un retablo que, si bien permite ser recorrido en forma sucesiva (“libro”), presenta una simultaneidad de espejos transmutados, devueltos a la transparencia. La escucha es una práctica transparente.

El poema “reductio” comienza con un primer plano que hace del detalle la condensación a desanudar, el ínfimo comienzo que conecta con el (y contiene al) incalculable cuerpoespíritu:


su hábito, roto,

se tornó un estorbo;

olvidó en el transcurso

el cayado, la cruz

y el cordón de terciopelo


sumido en la floresta

el hambre lo descarnó

hasta el espíritu:

viviendo de raíces,

tubérculos maduros,

restos de cuero rucio,

se ungió, al descubierto,

en un aljibe de lluvia

oculto en la bromelia


entonces revió en sueños

la cuna del niño, el regazo

materno, el abrazo prohibido

y su vana memoria

lo convirtió en

diluvio


La operación mágica es mestizar, no masterizar, la lengua. En el punto (móvil) de su infinito transitar, ser transitada, por las imágenes irreductibles, lo intraducible mismo de la experiencia (transpersonal, no “histórica”). El emisario de la verdad mayestática regresa, por fuerza elemental, a la modestia de los comienzos, se enrolla como un feto y en el latido prenatal, en la potencia, se expande, se hace agua. No hay patrias ni dominios de saberes excluyentes, sino la vara invicta del poema: una vibración o más bien un habitar vibrátil.

Roça barroca o la puesta en gracia, que al levitar se torna incitadora. No en vano Josely refiere:


Los poemas de la serie “Moradas nómades” […] buscan dialogar con la sofisticada trama sonora de los cantos, en el umbral en que arcaico y moderno se encuentran en cruzamientos híbridos. Hay en ellos indicios de algunas de las inquietudes que me mueven, como los ritos —en su vértigo de talles y detalles— de pasaje, de la reproducción y de la muerte (esta que, históricamente, el arte y la poesía intentan ‘exorcizar’). Antes de comenzar a escribirlos hice algunos viajes, reales e imaginarios, a comunidades mbyá de Paraná y de la región vecina del Guairá, a fin de conocer un poco de su modo de vida, los rituales remanentes, su paisaje. El transcurso fue una especie de ‘viaje de iniciación’, en que se está al mismo tiempo inmerso en el arrebol de las reminiscencias y bajo los súbitos insights de la percepción. Se inspiró, simbólicamente, en la búsqueda de la “tierra sin mal”[…], el paraíso mítico de los Guaraní, todavía buscado por algunos grupos en el cenit […]. La cultura indígena, con la que hoy convivimos, la singularidad de su gente y de su cultura fueron un contrapunto a mi mirar peregrino —en cierto modo, en ese viaje, extranjero en su propia tierra.


A fin de cuentas (del collar de sílabas) está en juego el conjuro. ¿Acaso Josely no está diciendo “que la dispersión de las letras quiere desautomatizar el mirar y traer el hálito del lector al centro mismo del poema” y, al hablar de una “palabra metamorfizada por esos viajes diversos e intemporales —al texto arcaico y a la cosmogonía primitiva, a la translación de los sentidos bajo paisajes extraños, al cuerpo silencioso y al ritmo de esa habla en estado de arte que es la poesía”, de inmediato cita a Lapassade: “una de las raras formas de trance relativamente ritualizadas que todavía quedan en Occidente”?2

El conjurar de la poesía será otro rasgo de retorno, supervivencia (Warburg) que es escucha, emanación sincrónica del punto espaciotiempo, en la flor del poema. La floresta de reminiscencias despertadas por el cantar convocante mediante las imágenes irreductibles del espíritu de incontables cuerpos se hace y se modula en tanto forma transverbal. La voz poética, al mantrar, materializa el numen. El hálito transportador enhebra, atravesándolas, a las personas y sus discursos, en sus salas. Porosas partículas de desnudez:


el

verbo

sea

aliento


al

estridor

done

la

oda

el

silencio


el

nombre

al

desespero

dome

el

miedo


Algunos parpadeos después, la invitación de la floresta, mediante sus mensajeros de materias para la transmutación, incluyendo el filón brujo a escala escatológica, en el estiércol la unción y la junción donde entrecrúzanse hilachas los elementos. Quizá se consuma, con el mero pestañeo del que lee redescifrando un gesto de fusión, aun absorbiendo, recibiendo, a la recíproca, necesidad milenaria y magia instantánea. La fosforescencia y el reflejo intacto de la des-identidad aborigen —ahí donde el indio no lo es para sí, donde el poeta se hace indio espiritual, relámpago entre los indicios:


el sebo

que enciende

la lumbre

es el mismo

que unge

las manos

que abren

surcos

entre raíces

y rastrojos,

tegumentos

de mudas,

cogumelos

en el estiércol


Y un golpeteo más de colibrí en el goteo. El libro sigue su curso, deriva con la gravedad hace flotar, primero, a los vocablos en sus deltas, por ende ya no términos, devueltos palabras-almas. Luego, al concéntrico lector, a quien de inmediato la Roça barroca convierte en amanuense de su propia lectura.

Para no dejar de retonar al polen pimordial, corre por seguir leyendo en y entre las letras de la inscripción, mercurio de su intento, el cual consiste en pasar a otro lector, ahora, la chispa que hace al punto:


sude

el secor del pozo

suene

el hueco del cepo

brote

el bulbo del fruto

aviente

el polen polviento

(vientre)


coghlan, 13 de noviembre 2011



1 Sin ánimo de resultar reiterativo y a riesgo de ser abusivo, me atrevo a citar, con ligeras variantes, la solapa que escribí para: Guillermo Sequera, Kosmofonia Mbya Guarani, Organización de Douglas Diegues, O morto q fabla, São Paulo, 2006. “El canto iguala: al cantar, un hombre es igual a una rana. No hay jerarquías ahí que no sean las que diferencian a los cantares entre sí. Se trata, pues, en todo caso, de asombros naturales. Naturaleza no es un concepto romántico perimido, ‘superado’ por el recorte racional, sino un desafío vital para el ciudadano occidentalizado. No es un concepto: la naturaleza existe como percepción. Su desplazamiento horizontal no responde a una prerrogativa. El canto es algo que nos acontece. El canto es anterior. Es devenir. En aras de la voz no tiene más sentido aquella distinción entre cuerpo y alma. La voz es naturaleza. No la sacralidad coagulada de templos y dogmas, sino la sencillez de permanecer en vínculo de reciprocidad con lo que no es humano. Ningún antropocentrismo apagará la voz ancestral. Y ya se sabe que todo racismo es hijo idiota de un no menos idiota antropocentrismo. No hay un siglo veinte ni un siglo veintiuno que alcancen para apagar la infinita luz de los cantos. La voz es un fuego. La voz y el fuego se reúnen en la fuente. No hay distinción entre los tres. La voz es madre de la oración, del fraseo, del movimiento sonoro y evocativo que nos devuelve al animal que somos. Que llevamos dentro. Cuánto animal seremos, por detrás de la máscara social. Cuánto nadie hay en todos. Cuánto ninguno todavía. Indisociable de la voz, el canto natural se enciende oración. En todo caso, poesía y música y danza serán esas técnicas atemporales para seguir despertando a la celebración de lo que es. Simplicidad complejísima. Un entrecruzamiento de todos los caminos en la ausencia de camino. La selva es anterior a cualquier camino. Madreselva. Su llamado es golpeteo sobre la piel del río. La experiencia fundamental de toda poesía y de toda música, más acá de su estilización, de su cristalización en ‘Arte’, liga con el múltiple arte de vivir. Cantos para convocar todas las cosas y seres, hechos y ocasiones de la vida. Al cantar, la voz se nos vuelve rana y se despega. Vive en su propia dimensión. Recordatorio votivo. Y un llamamiento.”

2 También es citado Lapassade por Néstor Perlongher, estrechamente vinculado a Josely Vianna Baptista, en su ineludible ensayo “Poesía y éxtasis”.



Roça barroca, de Josely Vianna Baptista, acaba de ser publicado por la editorial brasileña Cosac Naify (noviembre 2011).