
Ilímites
intercambio jussara salazar + reynaldo jiménez
Jussara Salazar es poeta y artista visual brasileña, nacida en Pernambuco pero residente en Curitiba. El diálogo lo fuimos armando durante 2001, si mal no recuerdo, como un intercambio entre amigos intentando hablar sobre los procesos creativos o algunos aspectos de la realidad no-ordinaria implícitos en aquéllos. Una parte del mismo se publicó bajo el título de “Unlimited”, con traducción al inglés de Odile Cisneros, en la revista Chain, 9, "Dialogue", Honolulu-New York-Philadelphia, 2002. No es necesario añadir quién interviene en cada caso, dado que cada cual escribe sus partes en su propia lengua. Simplemente dejo una separación espacial entre nuestras mutuas intervenciones.
Ilímites
Jussara, te contaba hace poco de la referencia aquella en un párrafo de Guy Davenport, por la que sentí el llamado de la afinidad, o una inquietud muy precisa, en cuanto a ciertas coincidencias que no hace falta explicar. Allí se copia una inscripción, donde Ramsés II se llama a sí mismo: «Yo soy Usar-ma-Ra, gobernante de gobernantes, rey del Alto y Bajo Egipto, Señor de los juncos y las abejas, la implacable justicia de Ra, el elegido de Ra.» En contraste con la grandilocuencia típica del poderoso en la tierra (no casualmente el ensayo de Davenport trata sobre la poética de los vestigios tras la entropía que devora al poder), me sorprendió esa frase, que habrás notado de inmediato: «Señor de los juncos y las abejas»… Hace un tiempo me habías propuesto conversar sobre los micromundos, el espacio facetado de los intersticios, y me pareció apropiado comenzar con esta referencia egipcia…
Reynaldo, imagem entre imagens, visão mágica dos micromundos, vozes subterrâneas, tudo o que não ouvimos e vemos, a infinita visão da natureza, não seria o que nos dá o sentimento vivo de afinidade e inquietude? A palavra surge e alcança os «ilimites», nessa reflexão sutil e depurada do espírito de uma microvisão da natureza.
A inscrição com palavras de Ramsés II é muito interessante, o senhor do tudo, afirma-se também senhor do nada, numa grandiloquência quase mítica do poder. Ra, o eleito de Ra, fala e nomeia o universo que lhe é possível, até onde a «visão» lhe alcança. Elevação da palavra, no caso fundamentada em sua reflexão sobre os limites de um poder que lhe é concebido em sua imaginação…
Ilímites, claro, es lo que necesita el mundo. Sería una medida de curación posible: aventurarse tras un cierto borde que liga con la percepción, con la capacidad de percibir. Semejante mundo, reglado por la medida antropocéntrica, es causa de una idea perimida (por los hechos) de destino. Por otra parte, una modulación atenta al micromar de las sílabas, del que hablaba Perlongher, puede intensificar el sentido del oficio poético, o al menos puede hacer tomar en serio al hacedor, a quien escribe, su parte en la transformación de las cosas, del mundo. Parar el mundo, en la tejeduría semántica como en la percepción instantánea del lector: posibilidad que me entusiasma. Y de todos modos, la transformación palpable sólo puede rondar, en principio, el propio entusiasmo del encantador, del transmisor de la incantación…
Sim, o ofício poético, com sua potência de transformação, virar peixe, virar água, virar o perfume que emana das profundezas da terra e incorporar o espírito da floresta, seguindo o curso do rio, que é como caminhar afastando nuvens, lembrando Lezama Lima. O transmissor da encantação encanta-se e o tempo lhe parece perfeito e infindável em sua construção. É de rara beleza a idéia de uma possível cura, o rito de passagem pelas fronteiras, onde a palavra desfaz-se em uma palavra outra que já não é mais a mesma, palavra da palavra. No infinito exercício da percepção, a escrita se apodera do corpo do tempo, essa árvore antiga, nossa mãe e eixo de uma generosidade que se desprende halo iluminado e envolvente sobre as coisas, o retorno à idéia de um destino aberto e movente, «o reino dos juncos e das abelhas».
Qué justo es eso que decís. El encantador debe ser el encantado. La incantación exige ceder las energías al arrastre del encanto. De lo contrario no se dignificaría el oficio, que implica a la transmisión. Ese devenir otro —pero el Otro como la Gran Incógnita, no como partícula aislada de El Dorado a conquistar o someter— parece ser una cualidad artística que empieza a ser recordada por algunos poetas. Especialmente entre quienes se animan, de acuerdo a lo que señalás, a convertir el atravesamiento de las fronteras en un rito de pasaje. No es apenas un juego de palabras: traspasar la alambrada demarcatoria, que representa a la fundación separatista del poder y su espíritu feudal, para recuperar, ya en lo impremeditado, las otras consistencias del rito (en el ritmo asociativo de este diálogo, por ejemplo, que busca una respiración compartida). El rito, así, lo veo en tanto posibilitador de cierta unanimidad entre el ser y el estar. El rito da la pertenencia, que no es la identidad separatista, sino el reverso siempre de cualquier fijación de un sujeto frente al mundo. Y esto liga, también, con tu pregunta, ya que considero que el destino es el origen. Y que vamos, necesariamente, hacia el origen: hacia esa incógnita. Nuestra común abuela Enigma, sustentadora y devorante, nos está pidiendo a los artistas, en estos tiempos de transición, atender ese llamado arcaico… esa holopercepción desde la cual reconocernos partícipes —es decir: terrestres. Por eso me parece agotado todo arte hecho a partir del arte, de lo ya encontrado y clasificado (y en esto incluyo a las supuestas transgresiones del arte). Se impone, por lo menos, tener en cuenta la posibilidad de que el arte sirva nuevamente para algo, que vuelva a tener una utilidad, como la verdadera artesanía. De lo contrario, estamos adornando museos y bibliotecas, acumulando polvo donde debiera elevarse o arder el alma. Hace poco escuché decir a Huston Smith, en un documental en la tv, que en India el arte tradicional viene constituyendo una verdadera tecnología espiritual. A esto puede interpretárselo en el sentido de que la poesía, sin ir más lejos, pueda readquirir finalidades energéticas bien precisas. Poesía para el parto, para partir, contra la muerte o para los muertos, para los juegos y el trabajo, para el encuentro, para el regocijo, para la noche, para comunicarnos con los animales y las plantas, para que los antepasados vivan en nosotros, para acortar distancias, para invocar los alimentos, para danzar, para seguir escuchando, para celebrar la belleza o atenuar el miedo.
Há muita beleza e poesia no que você diz, e não por coincidência ainda hoje me deparei com um texto de Italo Calvino sobre a visibilidade e a imaginação visiva, definidas por uma expressão que me pareceu bem significativa, Exercícios espirituais, ou seja, não separarmos o domínio do conhecimento em dois, deixando à ciência o mundo externo e isolando o conhecimento imaginativo na interioridade individual, pois segundo ele «a mente do poeta, bem como o espírito do cientista, em certos momentos decisivos, funcionam segundo um processo de associações de imagens que é o sistema mais rápido de coordenar e escolher entre as formas infinitas do possível e do impossível» e cita ainda Giordano Bruno, para quem o spiritus phantasticus é mundus quidem et sinus inexplebilis formarum et specierum, o espírito perceptivo como «um mundo ou receptáculo, jamais saturado, de formas e de imagens». Creio que esse esgotamento dos processos de criação são decorrentes disso que você aponta sobre a cisão de uma identidade espiritual frente a um mundo detonado e estilhaçado por imagens recicladas. Tudo isso nos leva a uma reflexão acerca da necessidade de retornar ao «chamado arcaico» que se desdobra em infinitos vórtices de uma visão, que nos reinstaura infatigáveis e que desorganiza, desclassifica, principia, amplifica, imagina, desacontece, essencializa. Para designar a realidade, o budismo diz sunya, o vazio, quem sabe no extremo paradoxo estaria um modo de fazer brotar a encantação, o ouro...
Y en este nombrar la extrema paradoja, quisiera, ahora, introducir al lector. El lector, no apenas como un tópico o una preocupación intelectual, sino como presencia decisiva, posibilitadora de que la poesía sea. De que, en alguna medida, la poesía esté en condiciones de cambiar alguna cosa. Claro está que ese cambio sólo puede acontecer desde la intimidad y, a partir de ahí, devenir en reconocimiento de la reciprocidad. A este diálogo entre lectores de lo que va siendo dicho, concurren a mi mente dos alusiones. Una (¿Mallarmé?), alegaría fe en un lector que fuese a su vez un artista. Es decir, la lectura como un arte en sí —y, de aquí, una ramificación posible: la poesía como un arte de leer... leer como un ver a través y aun como un desmentir… La otra alusión, sería una frase de Octavio Paz que leí, también, esta misma tarde y que viene al caso: «Abierto o cerrado, el poema exige la abolición del poeta que lo escribe y el nacimiento del poeta que lo lee.» ¿Qué te sugiere esta deriva?
Creio ser bastante pertinente, e sem dúvida inquietante, reúne quem inicia e quem segue, onde tudo se conclui? Espelho, fabulação a dois, três, quatro ou infinitos olhos, água da palavra flutuando sobre superfícies e espaços a espera, a palavra mínima, a palavra das tripas, a palavra pássaro, o áspero, chuva, words. A memória antiga, cidades, formigas, e aquele rio, ou as árvores e ainda as aves, respiração e exílio, o corvo nas frutas, a renda que se fia, bétulas, o sangue, o lobo e o fogo. A palavra espessa, a palavra bela, a floresta, viagem pelo caos, nau dos homens, sonho que bebe a noite, agouro, concha do tempo, e visão. Beira, entranha à luz que cega, encáustica, ventre fecundo. Canto, esfinge, alma, saga, signo do sol, pedra de chumbo. Lentes azuis, y o mar e ainda o lodo negro, a mão, o olho e o nervo, a prata, a romã, candeeiro. Um mergulho e a palavra escuro, a palavra do índio, macambira, rosa, e amor. Estrela púrpura, infinito campo do mundo, insígnia, malha, cruz de rosas, aurora, e lua. E ainda, aranha que tece a terra, o fio da faca, leve rumor. A hera, e o ouro, a relva que se espraia, uma brisa, tudo e carne, música e milagre, mistério e dança. Bicho na manhã, prímula roja, calor e peixe, vislumbre de una liberdade, e o ar dos trópicos feito palavra, abre-se então. Viagem, a palavra salta assim, sonoro destino e origem, clareza e corpo, um outro e somos. (work in progress?)...................................................................
Sí. Los seres y las fuerzas pulsantes de Gea constituyen el Gran Oído, la tremenda atención de la Diosa. Es decir que la incantación, hablando en sentido del llamado arcaico, sería conversar, en realidad, tanto con lo humano como con lo que no lo es. Cantar para esa piedra que nos sale al paso. En Haidakhan, en los Himalayas indios todavía boscosos y sin mácula de «civilización», cerca de la frontera con Nepal, nos decían, a Gabriela y a mí, que las incontables piedras que formaban el lecho del río sagrado, eran las almas de los que habían trascendido el samsara, la cadena de nacimiento-muerte-reencarnación. Si, al menos por un lapso, lograbas suspender el juicio, la constante situación de conflicto interrogador y crítico con las cosas, y simplemente te entregabas a permitir que así fuera —que piedras en efecto fuesen la sombra o el eco de almas—, te podías bañar en ese río montañoso de otra manera. La traslucidez del río estaba habitada por la propia mirada, y era imposible no sonreír y temblar a la vez. (Sin contar a las bandadas de monos, del ejército de Hanuman, sustentador de la gramática, que se divertían fieramente con tirarnos más y más piedras desde lo alto de un cerro bravo, un Monte Kailas, considerado el asiento terrestre de Shiva.) Se ritualizaba lo que antes era un mero hecho (de alivio, de alegría, seguro, pero no más que eso) y bañarse allí era curarse de muchas cosas. De algún modo, entonces, esa religión primitiva —que los indios de allá llaman Sanatam Dharma o el antiguo sendero o la vía primordial, según interpreto (es decir: no se trataría de una religión tal como podemos entenderla desde la cicatriz europea)— de adoración a los elementos restituye, sin olvidar a Heráclito, un vínculo con la vida. Con la vida más allá de la identidad, del enclaustramiento en el yo. Y más allá (o más acá: en la masmédula) del antropocentrismo, que es urgente revisar pero que, por alguna razón (¿domesticación perceptual?) nuestra cultura no logra siquiera enfocar. Tal vez la meditación en el lenguaje no sea sino la absorción en ese río: cada palabra un espíritu volador, transubstanciador de energías que a todos y a nadie, en definitiva, pertenecen. (Y aquello, por igual primigenio, de que en el nombre están las cualidades y aun la esencia de lo nombrado.)
Algumas experiências recentes, no que diz respeito a linguagem e a criação, rompem de algum modo com esse afastamento e são verdadeiros oásis de luz. Penso agora em Joseph Beuys e suas idéias de arquitetura social na arte, o religare, de onde se origina a palavra religião, compreendida como a atitude de retorno a sabedoria, a reconstrução de liames vitais, ao conhecimento primordial. O rio em movimento, o fluxo das palavras, o vínculo com a vida, a antiga soberania do eu (Nietzsche), onde o real é substância e a linguagem revela mais que um mecanismo funcional, uma energia espiritual.
Precisamente, la ampliación del concepto de arte, donde «toda persona es un artista», en la propuesta de Beuys y sus acciones vinculadas a la figura del chamán (conector de energías, y por lo tanto transformador de realidades: incluso Cristo como chamán) sumada a la imagen de los nómades de Nietzsche, según declarara el mismo Beuys, es una de las puntas de estrella para estas revisiones resplandecientes. Hay que subrayar, por obvio que parezca, que Beuys no dice: «toda persona debe ser un artista» —sino que lo da por sentado, indicando apenas la libertad de asumir esa capacidad, de tomar a esa fuerza ambigua por las astas y dentro de las posibilidades de cada cual. Ese arte ampliado ya no sería el de las prácticas conocidas nada más, sino que alcanzaría al estar y al participar desde la atención, sin la obligatoriedad de los resultados acumulables.
De todos modos, siento que la mayor parte de los artistas (y con ellos los poetas) está lanzada, más que a un desacato de usos y abusos, a un aprovechamiento cínico de las estructuras socioeconómicas, tratando de sostenerse en un plinto como un nicho seguro, en algún estamento que les permita, sobre todo, mantener una cierta soberanía, lo cual redunda en una sobreacumulación de objetos sin sentido. Y hay violencia en esto. Se trata de una violencia fundada en la interferencia del ego, precisamente, que actúa como taponamiento de la energía (necesariamente anónima, queda momentáneamente fijada en la construcción del personaje-artista) mediante la fijación de personalidades y la constante manipulación de meros efectos (por ejemplo, el patético hit de las vaquitas aserradas y puestas en formol del inglés Damien Hirst, y tantos otros aprovechamientos de la alienación en pro de la figuración personal, a cualquier precio, sin considerar ni por segundo las consecuencias espirituales que todo acto —mucho más si éste es público— trae aparejadas).
Y viene la preguntita: ¿estaremos siendo devorados por los efectos? Creo que no. O por lo menos creo que es necesario imponerse el optimismo, en cuanto a vislumbrar nuevas actitudes en favor de esa comprensión del lenguaje como sustancia, que vos nombrás. (Aunque esto venga dándose, de todos modos, muy lentamente en relación a la urgencia de un cambio en todos los niveles de la sociedad.) Y la idea de Beuys —cada uno es, de suyo, un artista— tiende a destronar al artista tradicional como propietario de un sector del poder. Lo cual, como es lógico si se lo mira desde la perspectiva que los alienta, muy pocos artistas están interesados siquera en tomar en cuenta. Es esa renuencia a perder los supuestos privilegios de la especialización, de la excesiva lateralidad de los dominios, lo que los vuelve artistas sumamente convencionales, por más ropajes transgresivos o «de culto» con que intenten sobreponerse al embate de esta conciencia en surgimiento. Embate siempre precario. Pero continuo por necesidad: porque esta conciencia es el cuerpo.
Está el caso del peruano Jorge Eduardo Eielson, paralelo a Joseph Beuys en sus intentos de ampliación del concepto de arte. Este peruano, poeta desde sus inicios, pero que ha pasado por la poesía visual —simultáneamente al concretismo brasileño, pero con mucha menos prensa— a los nudos (quipus de escritura incaica), la experiencia sonora, la performance y la instalación, el ensayo y la acción combinatoria de las prácticas. (Menciono por ejemplo, sus Esculturas para ser desenterradas el 16 de septiembre de 1969, que consistían en proyectos de construcciones imposibles que Eielson había enterrado clandestinamente en lugares públicos —parques, paseos públicos de las ciudades por las que pasaba en sus viajes— y que debían ser desenterrados al mismo tiempo. Señalamiento de la pertenencia planetaria común: en cada lugar había un texto diferente en la lengua local, impreso sobre una transparencia de distinto color, y todos los proyectos, superpuestos, formaban un libro-palimpsesto que trasfundía todos los protagonismos: Scultura di marmo con fuoco interno, Sculpture lumineuse, Time sepulture, Skulptur mit comprimierter stimme, Escultura horripilante…). Además, Eielson no ha dejado de nutrirse con todos los influjos, en un arco que abarca desde su temprano conocimiento de los textiles precolombinos, pasando por su amor a los animales o el estudio del pensamiento científico, hasta su involucramiento con el zen.
Quiero compartir con vos un párrafo suyo, a propósito de su instalación de 1993-1998, La última cena: «En la vida cotidiana consideramos la sombra y la luz como polos opuestos y nuestra misma existencia aparece orientada hacia la luz, imbuidos como estamos de la vieja retórica del bien y del mal. Pero en otras culturas —en la oriental, por ejemplo— las fronteras de la mente, en el sentido más amplio del término, coinciden admirablemente con aquella doble naturaleza de la realidad, hecha de sombras y de luces. Es en este confín, que casi escapa a nuestra percepción, en este límite de atención espiritual, que reside el misterio de la visión.»
É muito belo e apropriado, e a propósito das «velhas retóricas do bem e do mal», retornamos aqui à aquela questão anterior, isso da unidade do ser e do estar, superando o velho cacoete maniqueísta do corpo versus alma, viabilizando um terceiro campo de possibilidades, eros e logos em conciliação, onde o mistério talvez reside no encontro sutil da luz e da sombra, naquele instante em que a noite trama a manhã. Quando as palavras da tribo purificam-se (Mallarmé), quando nos cercamos de nossa percepção nesse sentido, exercitamos como que uma tautologia afetiva, pronunciando muitas palavras que foram soterradas ao longo do tempo, perdidas em camadas de nossa intuição, e de nossa sensibilidade.
Sí, pero fijate que la «tribu» ya no se reconoce a sí misma. Pocas personas se reconocen en esa palabra renacida, esa palabra de intuición. El desprecio por la intuición está tan extendido, que los propios poetas suelen avergonzarse de términos como «sensibilidad» o reniegan de esa acción purificadora o curativa implícita en el oficio. Creo que los poetas se han ido encerrando en la especialización estetizante o hiperartística, en sentido unidimensional: situación derivada de la detentación de un cierto saber-dominio que, en cuanto tal, delimita, es excluyente. ¿No crees, Jussara, que el lenguaje en sí ha devenido desde hace mucho —en términos de «humanidad»— el código central? ¿Y que esta compleja condición, precisamente, sería el gran obstáculo o el gran disparador —según desde donde se lo atienda— para el encuentro con esas otras palabras en las palabras mismas?
A tribo tem abandonado sim algumas práticas essenciais no entendimento com a linguagem, seja nos termos da criação, ou nas articulações da palavra como manifestação para além da comunicação, ou seja, a palavra em seu encanto original, a palavra como prática indissociável do fazer. Sensibilidade, intuição, emoção, a concatenação com o sublime, dão lugar à uma espécie de pragmatismo formal da palavra, excludente, como você observa, e reducinista. Barthes, na Câmara Clara, discute o olhar diante da imagem na fotografia, proclamando o abandono de todo saber herdado através dos códigos da cultura. «Sou um selvagem, uma criança - ou um maníaco»... lançar o desejo para além daquilo que ele dá a ver... não somente para o fantasma de uma prática, mas para a excelência absoluta de um ser, alma e corpo intrincados. Também duvido de alguns que se auto elegem «xamãs» de nosso tempo, repetindo essa detenção do saber-domínio, alienante e oportuno. Outro dia vi uma matéria sobre uma tribo primitiva, o Reino de Goa, acho que na Indonésia, onde se crê que os seres compartilham todos uma única idéia de alma, e que a forma, ou seja, nascer lagarto, humano ou água são simplesmente diferentes escolhas feitas por divindades sagradas, e então toda palavra se eleva à um código muito vasto e generoso de possibilidades e de beleza, talvez esse encontro das palavras com as palavras mesmas...
Y ese espíritu común, Tao, fuente de vida, presencia compartida, es transpersonal ¿no? Y que necesariamente exige una entrega, una donación o —para decirlo en términos drásticos— un sacrificio (penance, en inglés, que implicaría cierta voluntad de donación sacrificial). En la peregrinación hay que dejar algo de la propia piel, ceder a la voluntad mayor de la senda, o del recorrido. Es el itinerario del alma de los místicos, pero también el proceso de individuación anotado por Jung. Y en relación a esto siempre regreso a esta sensación paradójica: sólo mediante el acendrado intento de individuación, se puede uno desprender de la gravitación excluyente del ego, en términos de autocentramiento, para que el espíritu común se manifieste y afluya. En otras palabras: la búsqueda del propio eje espiritual nos abre a lo transpersonal, a un «centro de gravedad permanente» que no está en la fijación del propio personaje en tanto poseedor de algún dominio.
A todo esto, me gustaría ahora preguntarte, ya que vos transitás tanto por el arte de la palabra escrita como por el arte visual y, en relación a lo que venimos hablando, creo que se trata —el tuyo— de una de esas situaciones personales en las que se da una apertura de lo poético en otras relaciones: ¿cómo vivís, desde tu trabajo, esa ligadura, ese trasvasamiento de los medios en recíprocas direcciones? ¿Podrías hablar un poco de eso?
É simples, como você lembrou agora; Tao, o caminho, o princípio universal, a harmonia. A linguagem revela-se um bem a ser conhecido, e traduzimos dessa ou daquela maneira a compreensão do uno. Penso que esse cambiamento em recíprocas direções acontece como um exercício vital, que tem origem no substrato do ser, onde as imagens estão coladas as palavras em um bloco maciço e muito antigo, e que o poeta reorganiza, corporifica. As imagens que geram palavras que geram imagens em um encadeamento onde autor e expectador vão criando uma história que é a história de um e de todos. Se resulta ora num poema, ora num desenho, é um espelhamento da realidade, infinitamente rica de símbolos, de signos, plena de matéria orgânica. A propósito de Jung ainda, recordo um trecho de um texto sobre o espírito do poeta, em que ele afirma ter a atitude criativa uma natureza essencialmente feminina, pois a criação jorra das profundezas da alma, lunar e generosa. E como falávamos sobre o espírito comum, penso que as diferentes linguagens compartilham também esse aspecto transpersonal. Sacrificar? É tornar sacro, sagrado, na origem da palavra.
Y otra vez retornamos a los intersticios.
Arkhé
E retornamos em uma modulação de vozes sincronizada; fomos subitamente transportados à imensa dimensão do fazer poético, num diálogo polifônico, as vezes uníssono. Poderíamos conversar um pouco sobre poesia, em seu aspecto fluídico, sua liquidez. E gostaria de citar seu livro La curva del eco, onde no poema Influjo, você encerra o livro deslocando a leitura para uma imagem, um feixe de luzes, aberto e infindável, com os versos
“...sermón de los mosquitos / a la rana del patio...”
Ese poema, «Influjo», es el que evoca el recomienzo. El libro traza su curva en la faz iridiscente del planeta. El fondo azul del papel [en la edición original] que hace de soporte a los poemas, lo confirma a su modo: el libro como fragmento del planeta. Pero de un planeta en combustión, magmático, a la par que soplado por infinitas corrientes (agua y aire), sumado a una doble conciencia, que hace al coincidir: terrestréter. El futuro niño en el amniótico sueño, y el despertar a un sueño, matérico pero evanescente: la paulatina conciencia, de sí y del mundo, que es a la vez la de la propia mortalidad. Para volver a comenzar. De ahí el símil koan que vos citás, que intenta manifestarse, alegoría infrabúdica, como un chisporroteo, un racimo de posibilidades. Latencia. Latido imperceptible que a su vez involucra la suma infinita de devoraciones que implica lo real. Claro, estoy glosando y tal vez apenas interpretando las intenciones de un autor que no soy yo en este momento. Por otra parte, creo que las primeras y últimas palabras de un libro son los bordes de la costura, los labios de ese habla que va a desenvolverse ahí dentro. Considero que las líneas que citás, que aparecen al final del libro, quisieran limpiarlo de sus propias turbulencias, de su incongruencia, sin restar al drama mismo de la existencia, pero en la desaparición de todo protagonista.
É uma atitude búdica, algo como um livro que compartilha as vibrações do universo, além da imagem metafórica presente no koan, extremo lirismo, que me faz recordar Heráclito, citado em epígrafe no Livro de Pré-coisas, do poeta brasileiro Manoel de Barros: «Tudo, pois, que rasteja partilha da terra»… Tenho percebido um interesse pela prática do budismo em alguns momentos de sua fala; atitude, filosofia ou religião, como isso acontece pra você?
Voy a responderte con mi habitual «exageración»: del budismo me interesa todo. Pero especialmente sus aspectos más extremos: por un lado, el budismo tibetano, asociado a las prácticas chamánicas de las altas montañas asiáticas (y, de ahí, en conjunción con el chamanismo en general); por otro, obviamente el zen sinojapónico, como nos sucede a tantos, dada las inimitables cualidades de belleza, ligereza y refinamiento alcanzados en casi todas sus manifestaciones artísticas: poesía, pintura, música, arquitectura, artesanía en general. En el tibetano, el mandala, lab(o)rado durante meses, mantrado para ser borrado, como el hálito al que afluye el mantra, en apenas unos segundos: el arte como meditación en la impermanencia, a la vez que convocatoria de fuerzas transpersonales. En el zen, la posibilidad de que lo cotidiano no quede exento de iluminación: el arte de la presencia. Aquí me refiero, desde mi limitado acceso, a una luz-para-sí, es decir al hecho de poder convertirnos, por propia voluntad de intento, en nuestro propio faro de intuición sostenida.
Al mismo tiempo, el Buda —desde su figura histórica, Gautama, hasta su prefiguración siempre inminente, Maitreya— crucialmente me atrae, cómo no, y diría más: se me impone, ya que es un arquetipo altamente inspirador y ennoblecedor. No olvido que el Buda que admiramos en las estatuas o fotos no es sino el resultado de un arrastre de miradas superpuestas —incluso en los iconos shivaítas pre-búdicos puede advertirse ya la influencia de ciertas características como la postura del loto, como señal de la conciencia de la iluminación, expresada por la montaña-triángulo de esa postura. De hecho, en un comienzo parece que no había imágenes que lo representaran al Buda: se trataría de una influencia occidental, o griega, en fusión con los movimientos devocionales de la India [período Gandhãra]. Y esto liga con mi interés en general por la India, ese país imposible de clasificar: cuando decís que la India es así, también es eso otro, etc. Hasta la miseria que nos aterroriza tiene un sesgo impensable, desde el punto de vista de la actitud devocional de los habitantes de allá. No es que lo terrorífico o estremecedor sea neutralizado por una sarta adormecedora de rituales y creencias supersticiosas, como suele pensarse al respecto (aunque la India no está, desgraciadamente, exenta de esos fanáticos y sectarios que abundan en todas partes, además del conformismo puramente «teologal», rasgo en común con nuestra iglesia católica y su mecánica vacía de contenidos espirituales): en India hay lugar para todas las devociones, siempre y cuando se trate de verdaderos caminos de atención o aceptación. De ahí el tantra, tan entrelazado al budismo tibetano, por ejemplo, o las figuras de los aspectos terribles de la Diosa (Kali, con su collar de calaveras) como reflejo del propio Shiva, dios de la destrucción (de los cambios). De todos estos nutrientes surgió el budismo, aunque su expansión ha sido y es, más allá de la India, de unas capacidades de mutación y adaptabilidad acordes con su esencia.
Sigo saltando: la aparición de Boddhidharma es otro interés mítico mío: el portador de la actitud, más que del mensaje —que se extrema, siempre se extrema, porque se adapta y modifica en relación a las prácticas locales, regionales y aun personales, en buena medida, por su punto de partida, su corazón inteligente y su desapego a cualquier dios ulterior (lo cual ha hecho que el budismo sea la única religión sin fundamentalismos, la única no iniciadora de «guerras santas»). Siete años frente a un muro, para luego atravesar a pie los Himalayas: la saga de Boddhidharma es un reclamo de atención.
Ahora bien: hace poco vi, en una foto de un diario, la imagen de un alerce, árbol de un bosque de 3000 años, al sur de Argentina. Estos alerces serían los árboles vivos más antiguos del mundo; ya estaban aquí antes de Cristo, antes de Buda, antes de Heráclito y, por supuesto, antes de todos los imperios que registra la historia hostil y su repartición de hostias significantes (para perpetuarla). Y se me ocurre que Buda no sería sino un avatar de ese espíritu, presente in corpore en uno solo de cada uno de esos alerces. En todo caso, mi interés por el budismo es coincidente con mi amor por los árboles, antiguos o jóvenes, y no dejo de ver en su figura icónica algo de la energía comunicante (entre los mundos del subsuelo y de la atmósfera) de la que los árboles son portadores. Árboles: Boddhidharmas. Sé que esto que digo puede sonar un poco forzado, pero hace poco, cuando supe de la destrucción de esas estatuas búdicas a manos dinamiteras de fundamentalistas musulmanes [en Afganistán], si bien lamenté la actitud destructiva de esa pobre gente atrapada por su imaginario, sin posibilidades de diálogo con «el mundo exterior» a sus propios preceptos (algo tan diseminado, por otra parte, aunque de maneras más imperceptibles para nosotros, dado nuestro adiestramiento perceptual, en nuestro propio «mundo civilizado»), si bien deploré toda esa violencia, al mismo tiempo no pude dejar de pensar cuánto más doloroso es el asesinato masivo y cotidiano de todos esos budas silenciosos, pero vivos, testigos de tanto que no sabemos recordar: los árboles. Y, para cerrar el circuito abierto en esta «respuesta», diría que los árboles, las plantas en general, los animales y las personas constituyen nuestra constante oportunidad de ver millones de budas en torno. Cuando podamos ver millones y millones de encarnaciones de Buda, tal vez podamos empezar a realizarlo en nosotros mismos, ¿no?
Algo más. Siempre paso delante de un cartel —en el barrio chino de Belgrano R, acá, en esta ciudad, adonde el maltrato entre las personas es ración cotidiana— en la vidriera de una sede budista, que dice: «Si te molesta la gente que te rodea, es que tu práctica no es aún suficiente». ¿Práctica de qué? De compasión, de tolerancia. Mi asunto quemante es: ¿cómo convivir con tanta brutalidad e injusticia sin alterar la senda del corazón, la corazonada? A mí me suelen ganar la ira, la bronca. Por ahora, no logro salir de este «dilema»…
Aliás, um dilema que acompanha a própria história da humanidade, e vejo no entendimento de uma «ética da criação», uma alegria especialmente interessante, como se fossemos praticar a cura, ou a própria afetividade, pois a arte assim, seria a nossa arkhé, um princípio único, que nos faria compreender o mundo em seus aspectos mais contráditórios. O Walter Gropius (Bauhaus ) dizia que quando «os objetos do cotidiano e o ambiente em que vivemos forem feitos de obras de arte, o mundo terá então alcançado o equilíbrio vital». Uma lógica afetiva do funcionamento das coisas? O que te parece?
Concuerdo más con tu lectura de Gropius, que con su cita estricta: prefiero aspirar a esa «lógica afectiva» antes que a la exaltación del arte como si fuese una panacea, o como si pudiésemos saber de antemano qué es el arte. Más bien creo que suele ser todo lo contrario a una propagación de dominios: desgarramiento, sed insaciable, interrogación. Algunos poetas cuyas escrituras admiro, precisamente por la intensa afectividad que las recorre, han tenido que soportar un erizamiento de los sentidos tal, o un andar en carne viva, adonde la lucidez, o el mero atrevimiento de traspasar determinados bordes prefijos, no perdonan. Algo del cuerpo va siendo donado, la propia piel, a veces la estabilidad emocional, a veces la esperanza. Claro, cabe preguntarse: ese dolor, ese cuánto heriza nos de Vallejo (cuya «falta ortográfica en «heriza» implica de inmediato a la herida, y al hechizo en la herida de lo erizado que nos hermana), ¿no estará causado, anticuerpo del panóptico, por la manipulada violencia del mundo? Pienso en el propio César Vallejo, en Paul Celan, Artaud, por ejemplo, pero también en el castigo recibido por Pound y su elocuente silencio de los últimos años (tan semejante al de Beckett). Incluso una vida de discreta reclusión en La Habana, rodeado de libros, no hizo feliz, según cuentan quienes lo conocieron, a José Lezama Lima (un artista y un escritor cubanos, Carlos Eme Luis y Lorenzo García Vega, que integraron el grupo de la revista Orígenes, de diversos modos me han referido, respondiendo a mi curiosidad por Lezama, que éste era un escritor de gran talento pero atrapado por su circunstancia social, su formación católica y su contexto).
De manera que, volviendo a la frase de Gropius, si el arte puede seguir siendo lo desconocido, la sensación de los vínculos con lo abierto, entonces acepto esa idea de propagación del arte, pero siempre en tanto se me permita acercar lo referido por Beuys («Toda persona es un artista» o «El arte no existe» [como un coto manipulado por esos especialistas, los artistas, agregaría] o, en todo caso, «El pensamiento es la primera escultura»). Es decir: el impulso artístico llevado al plano de la sociedad como una materia viva (y, en tanto tal, no profanable, esencialmente intacta). Arte de vivir, para decirlo pronto, o transformación espiritual indesligada de la social (indesligada de una actitud, no conservacionista sino atenta, hacia el ambiente). Es por esto que nunca podría cansarme lo salvaje: no el rescate de los animales en reservas y jaulas más o menos «naturales», más o menos disimuladas, sino la posibilidad de que existan por sí solos, de que sean en sí, por el solo derecho de ser lo que siempre han sido y serán, sin mediación ni condicionamiento, sin medida y sin fondo: salvajes. Lo salvaje no se puede salvar, en cuanto a una implícita salvación, a través de alguna conversión. El arte que me interesa, de una u otra manera, no deja de remitirme a lo indomesticado, a ese germen de enigma que nos constituye en esencia.
Ligo, también, con aquello que tan precisamente decís: el afecto como andarivel de curación. O posibilidad de envolvernos con esa esencia diseminada, con ese «chorreo de las iluminaciones» según escribiera Perlongher. La poesía (y en ella incluyo a las poéticas visuales, sonoras, espaciales, conceptuales, performáticas, imaginarias) no ha perdido la cualidad arcaica de su funcionalidad espiritual —si es que cabe el curvo forzamiento de los términos.
Pero me gustaría que ampliaras un poco tu idea de esa «ética de la creación», porque viendo y leyendo tu trabajo, que involucra al texto, a las imágenes e incluso al soporte (librobjeto) como partes de una composición en movimiento, de una transmutación vista o presentida siempre, en tanto elementos que hacen a la sencillez gestual, de un poema más abarcante, de un poema que no sólo está hecho de palabras, sino de espacios, papel, terminación a mano… es decir: el poema como una suma móvil de decisiones ínfimas, microscópicas, que van articulando la gestualidad completa, que no sólo acompaña a unos textos, sino que los amplía. Esto afina un sentimiento de intimidad, cuya inmediatez hace a lo curativo. ¿Qué comprometería para vos, Jussara, una ética de creación?
Bem, compreendo que tudo que estamos aqui tratando remeteria à uma síntese, uma «factura» ou atitude perante a vida, a natureza. Algo que, inclusive fosse a natureza mesmo, de um modo singular. Lezama Lima cita, em Auto-retrato poético, a terrível força afirmativa da frase de Pascal: «Como a verdadeira natureza se perdeu, tudo pode ser natureza», e vislumbra frente ao pessimismo da natureza perdida, a invencível alegria no homem da imagem reconstruída, uma sobrenatureza, que é penetração da imagem na natureza que engendra outra natureza. Então, me parecem apropriados, os termos de que trata a afirmação de Gropius, ou seja, a arte, amplificada, desdobrada, em cada gesto mais simples, não sendo para isso necessário forjar uma idéia estetizante dos objetos a fim de «elevá-los» ao status de obras por toda parte, mas subvertendo os paradigmas do próprio conceito da arte, ampliando isso sim, o respeito pela dignidade da natureza das coisas que nos cercam, sem reverências à apenas esse ou aquele objeto eleito. Ética, não como um juízo de qualidades referenciais, mas dentro de uma compreensão ampla, uma linha da atuação poética frente à necessidade produtiva; impulso e instigação criativa, ondulação afetiva imanente a nossa condição, húmus germinativo. Em muitos momentos, creio que deixamos mesmo nossa pele impressa por alguma dor, nossas marcas profundas, mas, ir além e navegar, é preciso. Você não acha, que não sendo assim, ficaremos eternamente marcados por um tipo de «maldição» histórica? Que ao longo de uma trajetória, a criação tem sido vista como um procedimento meramente político e isolado?
Creo no comprender bien tu pregunta… De todos modos, yendo por el borde, no creo que la verdadera naturaleza se haya perdido, sino que, más bien, es una imago mundi la que se ha roto, y por suerte. Es una versión, de cuya fractura se hacen cargo Pascal y Lezama. La sobrenaturaleza lezamiana es un concepto que permite nuevas exploraciones, y podría complementarse con la afirmación del cineasta francés Robert Bresson, acerca de que lo sobrenatural sería lo cotidiano, pero visto de cerca. (Acá vuelvo a la inmediatez como una intimidad curativa.) El mismo Bresson repite una frase de Chateaubriand, acerca de unos poetas del siglo XVII: «No les falta naturalidad, les falta naturaleza…». Es esto lo que interpreto como lo salvaje. Tal vez lo que sí se haya quebrado —por su propio sobrepeso, además— es la moción antropocéntrica, cuyos coletazos seguimos padeciendo a todo nivel. Creo que ambas ideas trazan un arco (voltaico) para la circulación de estas sensaciones.
Recuerdo, en este sentido, un encuentro de poetas en la Universidad de Playa Grande, en Valparaíso, Chile, en el año 91 o 92. Un escritor vociferaba contra el concepto romántico de naturaleza (imaginate: poniendo en duda a un ya supuestamente «superado» Novalis, etc.), totalmente ajeno a los reflejos del día que pasaban por sus papeles en la mesa y en la ventana detrás suyo, y yo pensaba: estamos a pocas cuadras de la playa, ¿cómo es que este señor afirma que «naturaleza» es sólo un concepto romántico, perimido? Me ahogaba. Salí al día. Bajé a la playa. Trepé a un peñón. Las olas rompían. Dejaban, en su rapto, pequeñísimas lagunas entre las rocas. Plenas de ínfimos animales. Millones de seres, casi imperceptibles, de cuya percepción y experiencia sensible nada sabemos. Así que ésta fue una de las imágenes que, justamente, alimentaron el trasfondo simbólico de ese poema que citaste para comenzar esta segunda parte de nuestro diálogo, «Influjo». Cómo todo gira: círculos concéntricos.
Influxo, círculos de movimento concêntrico; é claro e muito coerente o que você diz, e eu te perguntava anteriormente justo sobre a ampliação da idéia de natureza, traçando uma analogia, uma simbiótica visão de arte e natureza, selvagem e indomesticada, e entendo assim a imago mundi Lezamesca, em sua desmesura estelar…
Esto me hace pensar en Francisco Madariaga (oriundo de la provincia de Corrientes, en la mesopotamia argentina) y Juan L. Ortiz (oriundo de otra provincia argentina mesopotámica: Entre Ríos). Ambos hicieron su poesía desde una consustanciación con el entorno: no hicieron paisajismo, sino que hubo verdadera experiencia natural. Madariaga, que vino a vivir a la ciudad —aunque nunca dejó de regresar al Lar de su delito natal, tal como llamó a uno de sus libros—, deja pasar el claroscuro, la indivisible mezcla entre lo solar y lo lunar. Es un salvaje, como Rimbaud, cuya afinidad profunda impregna su palabra desde dentro, no como un aditamento conceptual o una recreación paradigmática del paisaje. Ortiz, más o menos de la generación de Borges, Mastronardi, Girondo, etc., prácticamente se asiló en su tierra, lejos de la centralista ciudad capital, y de toda ciudad, y sin embargo absolutamente enterado (leía a cummings, traducía poetas chinos con una máquina de escribir con tipografía diminuta —la misma que exigía para sus libros— que se hizo construir especialmente). Ortiz permaneció en una especie de eternidad configurada por el río, la presencia del río, las orillas, los árboles, la visión del aura. Los menciono porque en ellos prevalece una fuerza que podríamos llamar presencia natural.
Parece muito interessante pensar na possibilidade de permanecer numa eternidade, compartilhada pela presença da natureza. É que em verdade a natureza parece querer ser eternamente ela própria, bastando-se a si mesma, uma entidade anímica que expressa em si a idéia do tempo, como a palavra/alma dos guaranis, ñe-eng. Observo que ao aportarmos em micromundos, nos encontramos com a natureza em sua dimensão mais amplificada....
Así es. Por otra parte, o por la misma, esto nos lleva a la expresión «naturaleza humana». ¿Qué sería eso? ¿Acaso no nos resuena? Creo que sí, y lo veo por el lado de una aceptación fundamental, que involucra una convivencia con los aspectos intraducibles de la experiencia sensible, con los claroscuros de la invención y el deseo, e incluso con aquello que (otra vez) Jung llamara «la sombra». Presuponer coherencia —además de otorgarle a ésta jerarquía de valor— en el apagamiento aparente de la contradicción, sin duda constituye un obstáculo para percibir la naturaleza como una dimensión que no está apenas en el paisaje o en «las otras formas de vida», una dimensión que no es un afuera. Esto implica observar más rigurosamente los paradigmas occidentales en que se basa hasta la conformación de nuestros surcos cerebrales, y, de paso, reconocer la gran torpeza de su central antropocentrismo.
O reconhecimento dessa condição inerente a natureza inventiva e ao desejo, bem lembrado, nos aproxima muito da concepção de uma dimensão na ordem das coisas divinas, sagradas, onde esses aspectos intraduzíveis da experiência sensível realmente têm se mostrado como obstáculos diante de uma compreensão que vem se espelhando pragmática, plena de finalidades, ou seja, uma visão dos com-fins. Vejo a convivência com esses aspectos infinitamente espirituais, eu diria mesmo, essenciais e vivificantes, como um belo projeto poético, e desse modo nos toca a todos os seres de maneira profunda. Esse cambiamento de cores, formas, aromas, humores, intensidades, luzes, consistências, ciclos, me parecem ser estados da natureza, simplesmente em seu aspecto bruto, sintético, emanações da vida, diferenças não hierárquicas, pulsantes. As especificidades biológicas são de nosso olhar cultural, que privilegia o intelecto humano ou avista a paisagem pela janela distanciada de um saber que abandona esse projeto poético.
Claro, de aquí la posibilidad de lenguas poéticas capaces de transportar matérica y esencialmente lo salvaje, la intuición, los aspectos indómitos del ser. Para lo cual se impondría una actitud de escritura suelta de todo arraigo en la identidad, o cuando menos detonadora de esa conciencia. Creo que en eso andamos algunos. Estamos intentando, desde ciertas prácticas o actitudes de escritura, el despegue respecto de aquella alucinación que nos fija a un presupuesto: la identidad. No creo que la identidad esté detrás, como una preexistencia determinante, así como tampoco espero encontrarla de manera taxativa en un poema. El poema constituye su propia «forma de vida», su «naturaleza», en cuanto precisamente nos destituye como poseedores de algún sentido. Encuentro que ciertas poéticas más conservadoras —aun cuando teóricamente se propongan «de ruptura»— no dejan de asimilarse y asirse a un proyecto de construcción de identidad, sea personal, del personaje-poeta, como regionalista, nacionalista o de la lengua localizada, etc. En todo caso, estaríamos hablando de una serie de intentos, por otra parte con amplios resultados a la vista (pienso en Néstor Perlongher, Wilson Bueno, José Kozer, Roberto Echavarren, Josely Vianna Baptista, Coral Bracho, Víctor Sosa, Horácio Costa, Raúl Zurita, etc.), alcanzados como líricas acordes con la multiplicidad, el enigma, el entrecruzamiento dimensional y una expresión no apenas autorreferencial. Se trataría, entonces, de incorporar connotativamente el nomadismo del sentido, más que de la fijación de unas formas a ser incorporadas a una literatura establecida que las clasifique e interprete. Este rasgo, que se manifiesta, de todos modos, de maneras personalísimas —lo no-autoafirmativo no quita lo personal—, viene a insistir con una inestabilidad de fondo, adonde la escritura poética deviene portadora de una inquietud, no de una confirmación. Con esto quiero señalar unas poéticas que no afilian a la confirmación de un punto unívoco de vista: ni en la remanida «tragedia del yo lírico», ni en la supuesta distancia que «objetiva» otra mera descripción del mundo para, en suma, jerarquizar a un sujeto estable y detentador de un sentido. Al mismo tiempo esto redundaría en nuevas calidades de la lectura…
Nesse ponto, poderíamos retornar à visão da praia, as ondas rompendo, pequeninas poças na areia, plenas de ínfimos animais, milhões de seres...
“...semón de los mosquitos
a la rana del patio...”
Sete mitos, ou fábulas da natureza
As nuvens
A árvore tinha sete raízes e flutivagava e via-se uma nuvem numa floresta de caminos hacen al tiempo reír rayos fluctúan el iris los ojos ven y continúan viendo pero el corazón ah él es una hoja uma folha em luz y se disuelve entre los ríos del momento entre cidadelas longínquas mirando calidoscópios : mirabile visu
As águas
Las aguas se pronunciaron atravesando el hambre os risos as árvores y en la fuente del sonido se palpó el abismo : luna evapor(h)ada
Vaca colorida
Hoje reli um trecho de Zaratustra, Nietzsche, em que fui tomada pela idéia de plenitude, iluminação, um «insight» avivado pelo nosso diálogo nesses últimos dias, por isso te envio um fragmento desse texto pra que continuemos no que eu chamaria de a travessia até a leveza, passando pelo enfrentamento com o grande dragão, a ascese poética, ou seja, como definir nossas experiências em si. O texto se intitula Das três Metamorfoses ou Tranmutações e inicia assim:
«Três transmutações, nomeio-vos, do espírito: como o espírito se torna camelo, e o camelo leão, e o leão por fim torna-se criança.
…para o jogo da criação é preciso um sagrado dizer-sim: sua vontade quer agora o espírito, seu mundo ganha para si o perdido do mundo.
Achava-se ele, nesse tempo na cidade chamada: A vaca colorida.»
De algún modo, esto de Nietzsche se acerca a lo que comentábamos en otra parte, fuera de esta conversación escrita pero dentro del mismo diálogo: el presente como un regalo del ahora. La posibilidad de estar en el mundo sin sostenerlo, sin construir identidad como un escudo reflejo, sin convertir a la sensibilidad en un Atlas axial o en una tortuga inmensa para soportar lo abierto del desborde de todo Mare Nostrum. Es la instancia de cierta integridad, lo que traspasa esas fijaciones dragónicas en la conciencia. Las alas del dragón están ahí para indicar la calidad de un incipiente vuelo, el espolvoreo de una latencia: posibilidad de que aun lo amenazante y terrible, devorador y hasta injusto en apariencia, se haga esa otra cosa, capaz de albergar hasta la más ínfima contradicción en su seno. El monstruo a la puerta del templo, en este sentido, no difiere del ara vacía que sería el corazón del laberinto, allí donde algo es ofrendado a unas fuerzas no humanas, a un acendrado sentido experiencial de la presencia. El daimon acecha e ilumina desde cualquier hoja del jardín, con la exigencia sacrificial de donar la propia atención. Un parpadeo apenas, pero también la eternidad. Hace tiempo que no releo el Zaratustra, aunque, si mal no recuerdo o imagino, el libro va asumiendo una cierta rotatividad en su transcurso, como si fuese abarcando nuevas áreas, lateralidades de la experiencia trasuntada, verdaderos estratos de la conciencia como regiones que surgen en la palabra, en la «soledad de la idea», y no un bloque de supuesta coherencia predeterminada, que se eyecta hacia la demostración de una tesis. Por aquí, merced a la donación, a la entrega de la atención como una danza sacrificial, incluso como danza guerrera ante la Parca, es que el mundo recupera «lo perdido». Ese sagrado decir-sí: afirmación no taxativa, ni fijación de un punto de vista —del panóptico paranoico—, sino registro en 360 grados, potencia de la espiral, que abarca al laberinto y lo devuelve a su implosión conectiva. Devenir transmutante del camello-león: camaleónica luz de la sensibilidad a flor de piel y a desflorada conciencia, también. Conciencia que no se pretendería ya purísima, virginal, pero que parte del reconocimiento de una esencial pureza, de la intocada-para-siempre inocencia, que la experiencia veramente sensible no puede sino acrecentar.
De fato, uma experiência ou retorno à essa pureza essencial, ao sensível dizer-sim originário e sem tempo. Acerca de algumas constatações resultantes de nosso dialogo, encontrei um texto que considero um achado muito interessante e instigante. Passando pelo dragão nitzscheano numa espécie de travessia recordei Ogum, o orixá da Umbanda, religião afro-brasileira, que em sua acepção representa São Jorge, o santo da Igreja Católica que se vê em enfrentamento com um dragão na lua, enfrentando-o com sua espada guerreira; pois bem, encontrei esse texto sobre Ogum e no mesmo texto uma referência a Oxóssi, orixá guerreiro das florestas, que tem representatividade espiritual humana, incorporado nas sessões de magia dos terreiros de umbanda, e que também possui uma hierarquia vegetal, fechada ao conhecimento material. Quer dizer, a espiritualidade colocada de um modo novo pra mim, onde uma divindade sagrada por uma religião dos homens, crê que seja possível a incorporação de espíritos na forma vegetal. Isso parece muito interessante e passando pelas metamorfoses, ou transmutações nitzscheanas nos coloca diante do daimon que ilumina qualquer folha do jardim. Seria muito interessante ouvir você mais um pouco...
Jussara, como sabés, vivo en una ciudad disociada hasta del río a cuya orilla se asienta. De manera que, en general por aquí, el vínculo con lo vegetal no pasa de lo alimenticio (útil) o lo decorativo (inútil). Esto impone un deambular interno, que involucra el reconocimiento de lo vegetal (y lo animal y lo mineral) en mí. Un diálogo amoroso con las plantas (y algunos animales, domésticos o repentistas para el marco urbano) que incluye la telepatía, es decir una especie de entendimiento oblicuo, o de otras frontalidades, sin lenguaje, de campos auráticos, de olores, perfumados o no, de relaciones de distancia, de niveles de danza natural y de tacto. ¿De qué manera esto se mantiene vivo y cómo es que pasa a la escritura poética? No sería capaz de explicarlo. En todo caso, lo vegetal (incluso la ingestión de sustancias vegetales, adonde uno, de alguna manera, es lo ingerido en reciprocidad natural) no exime de la conciencia, de los estados alternos de la percepción que hace a una conciencia más amplia, amplificada. Al contrario: abrirse a la experiencia no-apenas-humana (quitando a lo humano ese halo de supremacía y centralidad a que estamos acostumbrados), aun siendo algo muy difícil, es necesario. (Fijate que estoy diciendo algo que puede ser un dislate, un absurdo, una tontería: que la palabra, parte de lo más constitutivo de lo humano, no sería una invención humana, como sí lo sería, en cambio, el lenguaje. En esta diferencia de grados oscila la intensidad del intento de la palabra, que equivale a los cambios de color en el camaleón, a las huellas digitales de las dunas por el viento, al vaivén de las hojas con su daimon.) Ultimamente estoy «peleado» contra la expresión «expansión de la conciencia»; le siento un cierto vaho imperialista, mantenedor de la centralidad antropocéntrica. Y, sí, quiero volver a sopesar esa noción tan arraigada en la formación perceptual dominante: el antropocentrismo. Considero que la tarea creativa involucra ahondar en los efectos corporizados de esta noción, para trascenderlos, para no quedar atrapados en la jaula discursiva: cómo instaura el dispositivo separatista, cómo impide el diálogo interespecies. De hecho, un poema que se suelta de su autor, cuyo ex-autor ha consumado el ínfimo sacrificio, se dirige, ya no a las personas apenas, sino a una totalidad que involucra, se hagan claros o no en lo inmediato, a piedras, plantas, animales, nubes, fuegos, estrellas, sombras, aguas… Desde esta vertiente, la palabra, encubierta por el lenguaje, que, cuando es creador, invocador, incantatorio, la redescubre, no guarda sólo capacidades nominales, connotativas, expresivas, sino que puede alcanzar la cualidad indómita, potens, del orden de lo vibratorio, de lo ambiental, de lo curativo. Quiero decir: en el sentido de abrirse a una experiencia de otredad. Más que de comunicación, diría de interacción, o, extremándolo, de comunión. Esto no significa, de todos modos, que uno logre, por mera voluntad bien intencionada, semejante despegue de lo identitario. Pero el intento de ultrapasar las restricciones (de las que cabe hacerse cargo desde el propio cuerpo, portador de los comportamientos transpersonales y transhumanos, desde la propia herida del enigma del nacimiento y la muerte) no puede sino enriquecer ese lenguaje que, de ser el lenguaje de todos los días, pasa a ser, también, el evento instantáneo de todos los lenguajes.
Cuando uno ha amado a ciertos seres que, en apariencia, no nos estaban destinados; cuando se ha producido la ligadura, el vínculo, con algunos seres de otras especies vivas, esto no puede dejar de redundar en beneficio del lenguaje. El lenguaje se enriquece con lo que de algún modo lo desmiente, o lo pone entre paréntesis. Su profunda mudez, a ciertos niveles de la comunicación transhumana, hace también a la trashumancia del sentido. Se estaría, entonces, más cerca de la palabra, cuando se está más inmerso en la naturaleza. Y naturaleza no puede dejar de abarcar el hechizo de la materia ni el resplandor de la conciencia. No es de trascendencia, en términos de tradición occidental, que hablo, o quiero hablar, sino de inmanencia (fuera de términos): lo inminente del estar aquí (planta) y lo vibrátil (planta).
A imanência tem sido um ponto de afirmação constante e conclusiva em nossa conversa, o que nos liga de maneira profunda ao evento que convencionou-se chamar vida, círculo/ciclo energético e espiritual. Na criação poética acredito que isto produza um verdadeiro encanto, e creio que ânimizamos as coisas ao nosso redor sim, e me vem a cabeça o título de uma canção de Lou Reed, Walk on the wild side, um passeio pela banda selvagem, não seria essa a nossa experiência?
Sí, aunque la letra de esa canción está referida explícitamente al submundo marginal de Nueva York (y en el orden de lo urbano, por extensión). No por eso no deja de remitir al recóndito animal en cada Quien. Por lo menos, me atrevería a establecer por el momento que en ese “submundo” se manifiestan las potencias “otras”, a veces vistas, incluso, como oscuridades insondables, punto de negror en la negrura, blancura axial en el destello, y que la galaxia de la modernidad europea exploró, como no podía ser de otro modo, bajo el signo de la tragedia en alguno u otro grado. Tragedia que más vale a una tradición racionalista, que a una razón de ser. Además, con gente como Oswald de Andrade u Oliverio Girondo sosteniendo una nueva posibilidad de circular en otras prácticas poéticas, o en otros modos (momentáneos) de la práctica, podemos contar, en este lado del mundo —en este sin-embargo— con algo más, lo subversivo per se, es decir, reír. Palabra también risa, entendiendo a la lectura como un pensamiento-prisma que sería una risa entera del ser. Una desmentida total. Un crujido vivo en la huella. La verdad del niño, ese bárbaro, que no tiene dominio, que no tiene, no se implanta ni asienta en las rasposas verdades a medias de las grandes verdades, ni es ocupado por la mente abisal de la gramática, ni tocado aún en su lesa intimidad por el desdoblamiento propio a la estipulación civilizatoria en el lenguaje. Sintaxis: sin tácticas. Es eso preverbal que prevalece, todavía, en el niño, y que un antropocentrismo atroz encubre o recubre de Adultez —donde madurar pareciera apenas el sostén ex-machina de todo escepticismo—. El juego despojado de sus reglas, el juego crudo, de una lucidez insensata, no atada a un Sentido. Ahí la lengua, vuelta lenguaje, amasada en el magma matérico, devuelta a la materia del sonido, a la materia del pensamiento —entreleer y desleer—, manifiesta modos de la energía no moralizada, como el cosquilleo de insectos en la piel o la boca del estómago. Puerilidad, en tanto aquello señalado por Bataille respecto a Kafka: “A mi parecer el punto débil de nuestro mundo es por lo general considerar lo infantil como una esfera aparte; una esfera que, sin duda, en algún sentido no nos es ajena, pero que permanece al margen de nosotros y no podría constituir por sí misma ni significar su verdad: lo que es en realidad. Del mismo modo, por lo general, nadie considera al error como constitutivo de lo verdadero… ‘Es infantil’ y ‘no es serio’ son proposiciones equivalentes. Pero infantiles, para comenzar, lo somos todos, absolutamente, sin reticencias y hay que decir que del modo más sorprendente: de este modo (infantilmente) manifiesta su esencia la humanidad en estado naciente. Propiamente hablando, jamás el animal es infantil, pero el joven ser humano reduce, no sin pasión, el sentido que el adulto le sugiere a otro sentido distinto, el cual a su vez no se deja reducir a nada. Este es el mundo al que nosotros nos adheríamos y que al principio nos embriagaba con su inocencia: el mundo donde cada cosa, durante un tiempo, desplazaba a esa razón de ser que la hizo cosa (en el engranaje de sentido a donde el adulto la sigue).”
Claro, e dessa inocência, da essência mais pura da palavra, podemos retomar a idéia do tempo, com suas fabulações infinitas, lat id est, o tempo do aqui, tempo que sabemos que sempre houve, e achamo-nos agora nesse tempo, na cidade chamada poesia...